Con el disco “Black star”, David Bowie deja un legado esplendoroso

Una de las últimas rutinas del notable comediante y rey del stand up estadounidense George Carlin se refería a lo que era tener 69 años y no importarle un carajo el ser o no ser diplomático cuando, por ejemplo, iba a una fiesta que le aburría y decir: “estoy cansado”.

Ser viejo le daba licencia para comportarse y expresar su opinión con brutalidad porque, después de todo, no se estaba haciendo más joven, sino que se acercaba a su muerte a pasos agigantados.

Lemmy Kilmister, el inquieto líder de los Motörhead, nos deja el 28 de diciembre de 2015, Día de los Inocentes. ¡Qué gran broma! Vi una entrevista en noviembre donde lucía delgado y frágil. Seguía con su regular espíritu indómito, quejándose de que ahora debía dejar la bebida cola (con la que mezclaba su Jack Daniels) por el jugo de naranja debido a la diabetes…pero siempre con vodka. Algunos hábitos nunca cambiaron.

También se refería al problema de las bandas de rock que se dejan arrastrar por las tendencias. Y ponía como ejemplo a Metallica y su controversial cambio de jeans gastados a Armani a mediados de los noventa, cuando los fans se dividieron entre pre y post “álbum negro”. Sin pose declaraba que su máxima era escribir música para él mismo y si le gustaba al resto, mejor.

Con David Bowie compartían eso de desarrollar su carrera como les daba la gana, narrando sus monstruos internos, las drogas y describiendo su pasar por este planeta más allá las tendencias de moda y la sobreexposición mediática que hoy encandila a las jóvenes promesas.

Justo en la noche en que el artista inglés dejaba este mundo escuché -sin saber este dato por supuesto- “Blackstar”, su último trabajo. Por decisión propia no quise exponerme a “Lazarus”, el primer adelanto, sino que decidí escuchar todo el disco de una sola vez. No leí artículos. Quise guiarme por las sensaciones que propusiera el “Camaleón”.

Por algún motivo, la apertura con “Blackstar” parece lúgubre, funeraria y -especialmente al final- como un alma elevándose al más allá. Lo atribuí a que Bowie tenía 69 años y, probablemente, ya pensaba en los descuentos desde que había sufrido su ataque cardíaco en 2004.

Después de ese episodio, comenzó su nuevo ostracismo. Se dedicó a criar a su hija, a ser sólo esposo y padre de Alexandria, su hija de ahora 14 años. Cuando cumplió 68, un paparazzi le sacó una fotografía caminando por Nueva York y sus fans ardieron. Ziggy Stardust se dejaba ver como Greta Garbo, sólo si alguien lo pillaba desprevenido.

Vino “The next day” (2013), que rompió su anonimato de una década y fue para sus fans como la segunda venida de Cristo… Sorpresivamente lanzó ahora “Blackstar” con su colaborador de siempre, el productor Tony Visconti.

Luego de disfrutar intensamente el disco, despierto al otro día con la terrible noticia de su muerte como si me hubieran dado un ladrillazo en la cara y no he podido dejar de pensar en qué genio fue porque su última creación, claramente, resume su vida.

Me llevó de inmediato a su álbum de la época en que vivió en Alemania, “Low” (1977), por la experimentación con nuevas influencias, en esos años cuando decidió huir de la vorágine de los setenta con sólo 28 años.

“Black star” es mucho mejor como un concepto desarrollado en siete canciones, que en temas individuales. Se nota que Bowie se encerró a conceptualizar su mensaje, vulnerable y honesto.

Sus vocalizaciones son extremas, guturales como en el track “Dollar days” o susurradas como en “I can’t give everything away”, una propuesta melancólica con gran protagonismo de armónica en la introducción.

Se dice que fue tomado de su tema “A career in a new town”, precisamente, del album “Low”. Es un buen tema de cierre porque suena como los créditos finales en una película. En este caso, la gran película de Bowie.

En “Lazarus”, anuncia su muerte: “Mírame aquí, estoy en peligro, no tengo nada qué perder”, dice con crudeza. Y luego remata: “De esta manera o de otra, sabes que seré libre”.

El uso del saxo en este disco es interesante. Va a la par de la voz, moviéndose vertiginosamente como un automóvil, a toda velocidad sorteando curvas hacia su muerte. Suena jazzístico, pero no es la primera vez que Bowie utiliza el saxo en sus creaciones.

En los ochenta para su album “Let’s dance” (1983, producido por Nile Rodgers) suena profusamente. Pero era más festivo, influido por el soul, James Brown y el pop de la época. Estaba fuera de las drogas. Era una celebración. En este caso, es definitivamente oscuro y torcido.

Pocas veces me sobrecojo con la muerte de alguien y ahora sí ocurrió. La lectura de su disco es que gritaba que la muerte lo perseguía, pero era difícil tomarlo en serio. Ni siquiera dio tiempo para sentir lástima por él, sencillamente bajó la cortina.

Y claro, él mismo lo comenta: “I’m a blackstar, I’m a stars star” (“Soy una estrella negra, soy estrella de estrellas”). Sin falsa modestia, sólo la realidad. Así es su legado.

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