“Mujeres del mundo, uníos”: la autora chilena Teresa Calderón habla de su reconocido poema

Escribí este poema el año 1984 tras una larga e intensa conversación de amigas con una poeta que al igual que yo, recién empezábamos a publicar. Habíamos estado reunidas con una gran cantidad de mujeres narradoras y poetas que queríamos hacer algo para que se oyera nuestra voz.

No es que nos sintiéramos no tomadas en cuenta, simplemente los escritores no nos tomaban en cuenta ni consideraban la seriedad ni la importancia de una escritura que no competía con ellos, sino todo lo contrario: era absolutamente complementaria.

De manera que decidimos empezar nosotras a organizar nuestros propios encuentros y lecturas poéticas. Al parecer nuestros compañeros poetas reaccionaron y empezaron a invitar a sus encuentros a una mujer: sí, una.

Al principio sentimos agradecimiento de que nos consideraran, pero después nos dimos cuenta de que nos ponían como florero y para que no se dijera que ellos eran unos machistas desconsiderados. Nuestra generación, la llamada de los 80 o NN, corresponde a quienes empezamos a escribir con pasión en dictadura, alrededor del 76 y casi todos habíamos nacido alrededor del año 1955.

En ese tiempo lo común era la difusión a través de papel roneo, ni siquiera fotocopias. Ni qué pensar de lo que estaban escribiendo los poetas en las provincias; las comunicaciones eran imposibles, estábamos cesantes y el miedo se hacía sentir como un habitante gigantesco del país y de la ciudad. Cada día nos enterábamos de un nuevo muerto, detenido o lisa y llanamente, desaparecido.

Esa tarde en que escribí el poema, mi amiga se había ido a su casa –vivíamos a una cuadra y nos visitábamos casi a diario- y al salir quedaron sus ultimas palabras: “es que los hombres nos robaron el paisaje”.

Tomé entonces mi cuaderno y empecé a borronear algunas ideas y luego se abrió una compuerta en mis emociones y, al ritmo de la Internacional, el poema salió casi completo en versión que sufrió pocas modificaciones en los días y semanas posteriores.

Como no había ansiedad de publicar ni menos andar mostrando poemas a medio mundo, porque era muy peligroso lo que se dijera o escribiera y yo era y soy todavía miedosa, no pensaba exponerme.

Algunos meses después me tocó leer en una mesa de mujeres en un lugar frente a la Casa Central de la Universidad Católica: era una casa, segundo piso, y se llamaba Centro Cultural Mapocho que luego fue cambiando de lugar. En esa jornada me atreví a leer “Mujeres del Mundo… y al salir vino hacia mí corriendo la Pía Barros y me lo pidió y me dijo que era genial.

Pía, le dije, es la única copia que tengo a máquina, lo otro está en mi cuaderno lleno de tachaduras y además al transcribir volví a hacer cambios. No te preocupís, me dijo, queda en buenas manos. Se lo entregué.

Algunos meses después en la Feria del Libro que iba en una de sus primeras versiones en el Parque Forestal, la Pía había organizado una lectura de narradoras de su taller que habían publicado en papel café grueso una caja de cuentos. En el escenario central llegó la hora de las mujeres y la Pía me toma de un brazo, saca un tríptico y me dice, ya, yo presento pero tú vai a leer tu poema…

Yo no lo podía creer, y al principio no quería leer, me daba mucha vergüenza, era bien tímida aún. Recuerdo que mientras se hacían las actividades, había música y la gente transitaba entre los stand o bebían café o cerveza en las mesas del fondo. Casi nadie ponía mucha atención a lo que ocurría en el escenario, aunque el micrófono sonaba fuerte.

Sin embargo, subí temblando al escenario y empecé a leer. Mis manos temblaban, mis piernas igual, las mejillas encendidas. Sólo la voz emergía sólida, con fuerza, con pasión.

Creo que eso aprendí a dominarlo cuando empecé a hacer clases y hacía todas las clases sentada para que nadie notara mi temblor porque confiaba en mi voz que no me traicionaría.

«Arriba Mujeres del mundo…

La buena niña y la niña buena para el leseo
Las hermanitas de los pobres y amiguitas de los ricos
Y mis manos temblaban con la hoja que también temblaba conmigo y empezó a hacerse un silencio espantoso y la gente empezó a detenerse frente al escenario a y a mirar y oír

La cabra chica y la cabra chica metida a grande
Canchera la cabra
Y la que volvió al redil…»

Seguía leyendo y el silencio se extendía y era sólo un cuerpo temblando que leía y leía y de pronto miraba que tanta gente se iba acercando…

Veo de pie mirándome al tío Enrique Lafourcade que había salido de su stand y más tarde medio encorvado y apoyado en un estante me miraba el tío Enrique Lihn con su mata de pelo y el gesto de ceño fruncido (en los tiempos en que yo era chica y vivíamos en La Serena, yo los había conocido a todos porque llegaban a ver a mi papá y se usaba que los niños le dijeran tío o tía a los amigos de los padres)

«Que se alcen las mujeres con valor
La piérdeteuna y la que se las ha perdido todas
La percanta que se pasa para la punta
La que nadie lleva ni de apunte
Y esa que apuntan con los fusiles…»

Terminé y un aplauso estruendoso que no cesaba y la Pía arrastrándome hacia el stand de la Sech porque se vendería la caja de cuentos y el tríptico. 

Estuve horas firmando hojas: Esta es para mi hermana que vive en Suecia, esta es para mi tía que vive en Noruega, esta es para mi prima que vive en la Punta del Cerro exiliada desde el 73 y se va a poner feliz de encontrarse con Chile a través de este poema.

Un señor muy serio me preguntó si yo lo había escrito… Sí le dije casi con miedo, yo lo escribí. Pero cómo, si usted es tan jovencita… y es mujer… y esa voz y esa fuerza y esa potencia que tiene cada verso, cada estrofa…

No sé si sonreí o casi me puse a llorar… ¿las mujeres no podíamos ser capaces de escribir? De pronto, entre medio de todos, veo a mi papá… Hija, páseme una de esas hojas que leyó… Se la pasé y fue hola y chao.

Al día siguiente a las 7 y media de la mañana tocaron el timbre de mi casa. Abrí en pijama asustada, típico alguna mala noticia… Pero no, era mi papá que tenía clases a las 8 y media al frente en el Arcos, y entró, se sentó en el sillón y me dijo por primera vez en la vida: Hija su poema es genial, la felicito, esa es su línea de trabajo, su tono su lenguaje…

Yo estaba impactada porque él era de los que nos decía a sus hijas: Hay que seguir trabajando, darle otra vuelta, mucho adjetivo, más de lo mismo… y cosas así bien desalentadoras.

En fin, recuerdo ahora que poco antes de su muerte el año 2009 yo gané el Premio Altazor con mi libro “Elefante” en el que mi papá se había sumergido durante meses, trayéndome fotocopias y datos de la Biblioteca Nacional, que obviamente yo recibía con inmensa alegría. Sonó el teléfono muy temprano 5 ó 6 de la mañana. Hija, la felicito por su premio. ¿Qué premio papá?…

Había llegado de España la tarde anterior a la entrega de los premios y le había pedido a mi hijo que fuera en mi representación porque el viaje me tenía muy agotada y quería dormir. Pero mi amigo de ese tiempo me dijo «te paso a buscar a las seis y tienes que ir». Y fui.

Papá, que vergüenza las cosas que dije en la entrega del premio que atroz. Hija, usted puede decir lo que quiera. Haga lo que quiera. La felicito, ese es un gran libro. Y después de agradecerle colgó. Ahí recién dimensioné lo que había ocurrido.

Volviendo al año 1984 y al poema de homenaje a las mujeres, pude verlo el año 1989 en Estocolmo y Gotemburgo en las casas de los exiliados, puesto en la muralla como un “pedazo de chilito, de nuestro idioma, de nuestra manera de hablar”.

Y el poema sigue dando vueltas a pesar del tiempo, y eso quiere decir que ya pasó la prueba de la blancura: Más de veinte años de vigencia de un texto literario se queda para siempre decían mis profesores en la universidad.

Creo que en Chile Gabriela Mistral nos abrió el camino a las mujeres, luego la generación del 50 fue crucial: Rosa Cruchaga, Delia Domínguez, Cecilia Casanova, Eliana Navarro y tantas otras…

Y luego vinimos nosotras que ensanchamos el camino para las nuevas generaciones de mujeres que escriben poesía hoy en Chile.

¡Feliz Día de la Mujer para todas las mujeres del mundo!

Mujeres del mundo, uníos

Arriba mujeres del mundo
La buena niña
Y la buena para el leseo
Las hermanitas de los pobres y amiguitas de los ricos
La galla chora y la mosca muerta
La galla hueca y el medio pollo
La cabra lesa y la cabra chica metida a grande
Canchera la cabra
Y la que volvió al redil

La que se echa una canita al aire
La que cayó en cana o al litro
Y la caída del catre
Las penelopes
Matas haris y juanas de arco
La que tiene las hechas y las sospechas
La que se mete a monja
O en camisas de once varas.
La mina loca la mina rica
Pedazo de mina
La que no tenga perro que le ladre
Y la que «tenga un bacán que la acamale»
Arriba las mujeres del mundo
La comadre que saca los choros del canasto
Los pies del plato
Y las castañas con la mano del gato
Las damas de blanco azul y rojo
Las de morado
Las damas juanas y damiselas
Todas las damas y las nunca tanto

La liviana de cascos
Y la pesada de sangre
La tonta que se pasó de viva y la tonta morales
La que se hace la tonta si le conviene
La que no sabe nada de nada
Y esa que se las sabe por libro

La madre del año arriba,
Madre hay una sola
Y las que se salieron de madre

Arriba mujeres del mundo:
La cabra que canta pidiendo limosna
La que como le cantan baila
Y la que no canto ni en la parrilla

Arriba todas las que tengan
Vela en este entierro
La que pasa la lista
Y la que se pasa de lista

La aparecida y la desaparecida
La que se ríe en la fila
Y la que ríe último ríe mejor:

La natasha la eliana la pía
La paz la anamaría la lila
La angelina y la cristina
La que anda revolviendo el gallinero
La que pasa pellejerías
Y la que no arriesga el pellejo
La dejada por el tren
O por la mano de Dios.

Que se alcen las mujeres con valor
las pierdeteuna
y las que se las ha perdido todas
la percanta que se pasa para la punta
y esa que apuntan con los fusiles.

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