Nueva versión de obra teatral “Tres Marías y una Rosa” rescata con justeza su profundo sentido social

Como en las películas clásicas, la obra de teatro “Tres Marías y una Rosa” debiera incluir la frase “Basada en un caso real”. Porque a mediados de los año 70, en la durísima primera fase de la dictadura –esa que hoy casi nadie quiere recordar y que parece que muchas personas escondieron bajo la alfombra- hubo un espacio en el que las mujeres comenzaron a dar tenues pero evidentes pasos en aras de su reivindicación.

En este caso específico, se trata de los talleres de arpillería que la importante y simbólica Vicaría de la Solidaridad del arzobispado de Santiago desarrolló en las poblaciones marginales de la capital, convirtiéndose en una intensa e inquieta dinámica de ordenamiento social.

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En medio de la descomposición familiar que originaba en las zonas marginales la dictadura -con sus persecuciones políticas, su cotidiana lógica del “sapeo” y la sospecha, con la pobreza y la cesantía- surge esta actividad que desde lo artesanal recoge la necesidad de organización y genera experiencias de auto-respaldo identitario, construyendo importantes esbozos de un discurso de género y generando soluciones al puzzle económico de lo real y urgente.

De las expresiones artísticas existentes en el país, el teatro debe ser -desde los años 60- la manifestación que mejor investiga y reflexiona sobre la realidad. Casos hay muchos: “Parecido a la felicidad” en los 60, “Pedro, Juan y Diego” en los 70, “Pueblo del mal amor” en los 80 y “La pequeña historia de Chile” en los 90 pueden servir de ejemplos rápidos en torno a este punto.

“Tres Marías y una Rosa” se enmarca claramente en ese tipo de trabajo. Si bien cada uno tiene su estética y su lenguaje, se trata de creaciones que le dan una vuelta de tuerca distinta a la realidad, no sólo reflejándola, sino que también enfrentándola, re-interpretándola.

En este caso en particular, a base de un lenguaje realista y recogiendo las experiencias de muchas dueñas de casa que desarrollaron la actividad de la arpillería como sustento económico en esos complejos momentos que vivía el país. Con el material acumulado, se plantea un cuadro fresco, profundo y conmovedor.

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Cuatro mujeres sufren y comparten no sólo la falta de dinero y la marginalidad, sino que también el abandono de sus hombres, aspecto que algunas lo viven de manera completa (la pareja emigró tras la crisis sociopolítica, dejando hijos y casa, sin jamás volver) y otras lo enfrentan en una cotidianeidad más cruda y brutal (sus hombres trabajan sólo esporádicamente, no aportan a la casa y -más encima- las golpean).

¿Qué hacer ante eso? Lo común sería caer en la más profunda de las depresiones. Pero en lo que esta obra –escrita originalmente el año 1979- es preclara y escalofriantemente intensa, es en el hecho de enfatizar que el destino no está escrito: está en las propias manos.

Maruja, María Ester, María Luisa y Rosa lo van comprendiendo poco a poco, en la medida que la actividad de la arpillería no sólo es un ingreso económico, una oportunidad de contar con dinero en momentos en que es un bien particularmente escaso, sino que se convierte en una dinámica que las reafirma como personas.

El Taller de Investigación Teatral se forma el año 1976 con alumnos de la Escuela de Teatro de la Universidad Católica: Rodolfo Bravo, Mauricio Pesutic, Luz Jiménez, Soledad Alonso, Loreto Valenzuela, José Luis Olivarí más Miriam Palacios, siendo dirigida por un profesor de la misma casa de estudios, Raúl Osorio.

Como experiencia creativa, el grupo decidió investigar qué pasaba en los márgenes de la ciudad. Mientras los hombres se incorporan a participar en un taller de payasos que se impartía para jefes de hogar, las mujeres forman parte del taller de arpilleras para dueñas de casa. Ambas experiencias culminan en notables obras de teatro.

En el caso de “Tres Marías y una Rosa”, el trabajo dramatúrgico tuvo la orientación y mirada final de David Benavente. Raúl Osorio dirigió la obra.

En sus actuaciones contó con la participación de actrices que en el tiempo alcanzan una gran figuración, tanto en las tablas como en la televisión: Luz Jiménez, Loreto Valenzuela, Soledad Alonso y Myriam Palacios.  La obra fue un éxito en el país, a pesar de las condiciones sociopolíticas. Primero en Santiago, luego en giras nacionales y hasta en el extranjero.

Del grupo de actrices, una está fallecida (Palacios) y otra está retirada por razones de salud (Alonso). Valenzuela forma parte del canal Mega y protagoniza la teleserie “Amanda” (interpretando a Catalina Minardi). Y Luz Jiménez, en tanto, protagoniza la obra de teatro “Fulgor” y forma parte de teleseries en Chilevisión.

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Por todos los antecedentes que pueden citarse en torno a la obra, montarla en el año 2017 no es nada de fácil. El desafío para la compañía Las González es interesante y se agradece.

Un aspecto novedoso que se incorpora al desarrollo de la obra es la inclusión de una banda de sonido en vivo. Así, las atmósferas incidentales están siempre muy bien enmarcadas por un fino trabajo musical, a base de percusión y cuerdas (guitarra y cello).

La puesta en escena circula siempre por un respeto muy bien guardado hacia la historia de la obra en sí misma, con toda la carga de significados que implica, pero tiene la gracia de sonar actual. Un aspecto lingüístico de la puesta en escena original es que se trata de una textualidad claramente chilena, pero sin exagerar.

La versión de la Compañía Las González guarda el mismo mérito. El desarrollo del texto luce natural, las actuaciones son precisas y cada actriz da con el tono exacto para darle credibilidad a sus respectivos personajes.

La simbólica, aunque constante, presencia varonil es bien trabajada en recursos de racontos o cuadros paralelos, que subrayan una evidente incomunicación en el seno de las parejas.

¿Cuál es el valor principal de recuperar una obra como ésta? Si no se cuenta con el antecedente de que se trata de una versión, la puesta en escena bien puede pasar por una obra del Chile de hoy. Lo que habla bien de la indiscutida calidad del texto, pero también de los precisos retoques hechos por Las González.

La realidad marginal no ha desaparecido de la historia de Chile, por más que se viva en tiempos de mall y tarjetas de crédito. El país aún arrastra cifras de pobreza que no se condicen con el ingreso per cápita que se ostenta. Para qué decir lo vergonzoso de la distribución de la riqueza.

Por tanto, aún pululan muchas Marías y Rosas por ahí buscando una oportunidad para reivindicar su proyecto de vida y su identidad propia. La porfiada realidad indica que en casos como los de Nábila Rifo la violencia contra las mujeres no es un tema que se haya superado.

Si se conoce que la obra tiene una versión primera y original, la historia que se cuenta aquí no suena a pasado. Se siente muy presente. Y si no se conoce nada de la obra y su biografía, enfrentarse a ella también vale la pena, porque el registro suena fresco y actual.

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En un momento las mujeres optan por crear una cueca para presentar su colectivo trabajo final, ese que las consagra económicamente, pero también les marca un camino: el poder del trabajo en conjunto. No por nada la gran arpillera que crean para la capilla de su población lleva el nombre de “La fonda del Juicio Final”.

En una de sus frases, la cueca dice “Juicio Final ay sí, de las mujeres/ será con empanadas/ pal que las quiera, huifa ayayai/ Con empanadas ay sí, pa regodiarse/ porque el juicio chileno tiene de darse/ tiene que darse”.

Se trata de un perfecto resumen de la obra, con un mensaje totalmente actual. Si el “juicio final” en los comienzos de los 80 tenía que ver con la dictadura, hoy tiene que ver con la propia sociedad. Un juicio por las opciones que ha tomado y lo que eso origina hoy. Un juicio por no enfrentar sus necesidades y seguir mirando hacia el lado. Un juicio por tanto individualismo, si el camino es –realmente- colectivo. Como se dan cuenta las mujeres al momento de firmar su gran trabajo en grupo: “Somos tres Marías y una rosa”. Tal cual.

* Aquí información de horarios y valores de entrada

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