El voto desencantado: el desafío histórico para la política emergente

Andrés Fielbaum.

La abstención en Chile en los últimos procesos electorales crece y se consolida en niveles alarmantes. El porcentaje interesado en los resultados de los procesos políticos formales supera escasamente al tercio de la sociedad, mientras el resto prefiere tomar palco.

Contrariamente a lo que suelen respondernos desde los discursos oficiales, la causa de esta desafección no tiene que ver con la falta de educación cívica, ni mucho menos con que nuestra población se haya vuelto floja.

Se trata de razones mucho más profundas y nuestra población -simplemente- actúa de manera racional: las últimas décadas han demostrado que la alternancia entre las fuerzas de la derecha y las que han conformado históricamente a la Concertación tiene poco impacto en su vida concreta.

El rol subsidiario del Estado ha implicado que las principales decisiones de nuestras vidas dependan de entes privados, ya sea para conseguir los recursos escasos (el banco que nos puede dar o no un crédito) o para gastarlos en lo que debieran ser derechos.

Este fenómeno se vuelve particularmente relevante para los jóvenes, pues el accionar de los militantes de la Concertación durante los ’80 no parece servir de excusa suficiente para diferenciarlos, cuando hoy es más visible que nunca que la amistad con los grandes empresarios es igualmente estrecha desde la UDI hasta el PS.

El Frente Amplio es una promesa de cambiar esta situación. Sus principales dirigentes provienen de luchas que han logrado convocar una masividad inédita en estos años y su programa de transformaciones implica poner en el centro del debate, por primera vez, los consensos en los que se basó la transición pactada hacia la democracia. Por lo tanto, sería esperable que fuese capaz de ampliar el voto desencantado en general y el juvenil en particular.

Esto, sin embargo, es también aún una promesa. Los principales éxitos electorales de esta coalición (Boric, Jackson y Sharp) se lograron con niveles de abstención muy similares a los del resto del país: hasta ahora, hay más capacidad de convocar a quienes se han desencantado de la Concertación que a quienes siempre han mirado la política con lejanía.

Que el Frente Amplio aún no logre una base social-electoral más transversal no es para alarmarse, pues es una coalición naciente. Más aún, la superación del ciclo histórico que comenzó en la dictadura requerirá del nacimiento de un actor político que -seguramente- distará bastante de la forma actual del Frente Amplio.Pero sí es un llamado de atención para ver la situación actual con humildad y altura de miras, cuestión que está lejos de estar garantizada.

Un primer objetivo se está cumpliendo durante esta campaña electoral: con errores, se ha podido instalar una coalición que actúa con unidad y un programa de transformaciones claro. Pero el desafío más relevante vendrá luego: constituir una bancada parlamentaria que sepa moverse unitariamente y con vocación política, para conquistar avances reales en la desmercantilización de la vida, que le den justificación histórica a este proyecto político.

Construir una organización política que rompa el divorcio entre política y sociedad, para de la mano recuperar un país que hoy está en manos del gran empresariado, es un tremendo desafío que no tiene que ver sola ni principalmente con los votos. Pero una manera nítida de ir midiendo si aquello se va logrando será si se logra, elección a elección, ir aumentando los porcentajes absolutos, y no sólo relativos, de adhesión electoral hacia este proyecto.

(*) Andrés Fielbaum es ingeniero matemático, vocero de Izquierda Autónoma, colectivo político que forma parte del Frente Amplio.

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