Say No More: Los 66 años de Charly García

(Desde Buenos Aires, Argentina) El 23 de octubre de 1951 fue un día más para la mayoría de los argentinos, en un país gobernado por la férrea mano de Juan Domingo Perón. En la familia García Moreno, sin embargo, se trató de una jornada especial: a las 12:50 nacía Carlos Alberto, criatura que desde niño demostraría cualidades especiales y que se lo conocería para siempre con la sola mención de su apodo: Charly.

Una simple, pero sorprendente melodía sacada en un pianito de juguete, escuchada por su madre Carmen, fue el inicio de una trayectoria tan amplia que no sólo habla de más de treinta discos publicados, grabaciones en los principales estudios del mundo, recitales con figuras de los más amplios linajes y una seguidilla de discos de oro y platino, sino que –más importante aún- de una obra de amplios y valientes significados.

Es que esa simple melodía tocada por un púber Charly mostró un tempranísimo talento natural, cultivado con la férrea mano de la profesora Julieta Sandoval en el conservatorio Thibaud Piazzini. A pesar de la aparente rigidez de los clásicos, que Charly en realidad disfrutaba pero que de repente gustaba de zafar, el cantante hacía pasar muchas rabias a su tutora musical.

En varias presentaciones públicas, en plena interpretación de Bach, por ejemplo, improvisaba. Nadie se daba cuenta, sólo Sandoval, a quien –sencillamente- la respiración se le descompasaba.

Y es que, además, Charly posee hasta hoy una cualidad que sólo ostenta una persona en un millón y que –incluso- es difícil de encontrar en los propios músicos: el llamado oído absoluto. Es decir, capta sin ayuda en qué nota musical se registran los sonidos. Todos: desde las bocinas de la calle, pasando por el toco-toc o el timbre de la casa, hasta la voz con la que la gente habla.

Entre «Vida» y el ejército

Su secundaria la realiza en el Instituto Dámaso Centeno, del porteño barrio de Caballito, donde conoce a quien sería su primer gran compañero en las rutas musicales: Nito Mestre.

La afinidad los fue llevando de los actos escolares a los escenarios de pequeños boliches y diversas plazas, donde se fueron haciendo conocidos, hasta que en 1972, hace más de cuarenta años y bajo el nombre de Sui Géneris, ven la luz con su primer disco, “Vida”, con el que alcanzan inusitada resonancia (vendiendo más de 100.000 copias) y del cual quedaron como innegable herencia temas como “Quizás porque”, “Necesito” y “Mariel y el capitán”.

Sui Géneris fue y sigue siendo fundamental aquí en la Argentina a la hora de escribir cualquier historia de música popular. Temas como “Canción para mi muerte”, “Mr. Jones”, “Confesiones de invierno”, “Instituciones” o “Rasguña las piedras” se instalaron para siempre en la memoria de un público fiel que se sintió identificado con el amor, la ternura y la protesta de cada una de ellas.

Es por esos tiempos cuando conoce a María Rosa Yorio, con quien tendría a Miguel, su único hijo y con el cual ha grabado discos como “Influencia” (uno de sus muy buenos últimos trabajos), ha actuado en variadas oportunidad y con quien mantiene una relación intensa que pasa por diversos momentos.

 

Durante los difíciles primeros años del dúo, Charly –más encima- fue llamado al servicio militar. “Mami: Esto es una cagada, todo es horrible (…) Espero que me puedas sacar pronto”, escribía desesperado en una carta. Y aunque sus padres hicieron todo lo posible por responder al llamado, el músico permaneció adentro unos meses, durante los cuales dio claras muestras de lo que iba a ser su vida posterior: genio y locura.

Por un lado, gracias a una guitarra que apareció por ahí, escribió las primeras versiones de los temas que luego se registrarían en “Vida”; pero por otro, no dclinó en ningún estratagema para que lo echaran. Una vez tomó un cadáver del hospital del regimiento, lo puso en una silla de ruedas y lo sacó a pasear.

“Lo vi muy pálido”, explicó cuando lo sorprendieron. Efectivamente, lo consideraron “maníaco-depresivo, con rasgos esquizoides” y lo dieron de baja. De allí salió otro tema de Sui Géneris: “Botas locas”. Charly diría: “Y todo se lo debo al Ejército”…

Adelantado a su tiempo

Luego de cinco álbumes y de haber alcanzado todo lo posible en Argentina, Mestre y García se despidieron en 1975 con un mítico recital llamado “Adios Sui Géneris”, tras lo cual Charly –imbuido ya con la tecnología del sintetizador, el melotrón y otros instrumentos eléctricos- formó “La máquina de hacer pájaros”, agrupación más conceptual que lo hace seguir una corriente compositiva que dos años después concreta con extraordinaria calidad en cuarteto de otra dimensión: Seru Girán.

En esta extraordinaria banda, junto a Oscar Moro en batería, David Lebón en guitarra y Pedro Aznar en bajo inmortaliza muchas letras con una gran poesía como “Seminare”, “No llores por mi Argentina” y la brillante “Mientras miro las nuevas olas”. Seru Girán desarrolla su carrera en plena dictadura militar y sus letras, si bien poéticas, daban clara cuenta de los años presentes. Como en “Alicia en el país”, en donde dice “No cuentes lo que hay detrás de aquel espejo/ No tendrás poder/ Ni abogados, ni testigos”.

La separación del cuarteto en 1982 coincide con el inicio de la carrera solista de García, que lo sube definitivamente al pedestal de máximo exponente del rock argentino (para muchos aquí, compartido con Luis Alberto Spinetta), en medio del bélico clima generado por el conflicto de las Malvinas.

Mientras la mayoría de la música se centraba en la protesta pura, Charly se muestra como un verdadero revolucionario e impone un rock bailable y desacartonado, resumido en una espectacular tríada: “Yendo de la cama al living” (1982), “Clics modernos” (1983) y “Piano bar” (1984), desde donde surgen temas que han quedado en la memoria popular como “Nos siguen pegando abajo”, “Demoliendo hoteles”, “No bombardeen Buenos Aires”, “Dinosuarios”, “Inconsciente colectivo”, “Raros peinados nuevos”, “Cerca de la revolución” y “Rap del exilio”, entre otros en los que se pasea por la ironía fina y profunda o remece con una lírica potentemente lúcida.

En esos tres años logra reunir en sus bandas de apoyo a músicos de la talla de Andrés Calamaro, Gustavo Bazterrica, Cachorro López, Fito Páez, Pablo Guyot, Willi Iturri y Alfredo Toth (estos últimos luego formarían la exitosa banda GIT). Charly se cansó de llenar estadios tanto en Argentina como en América Latina.

En el vaivén del tentempié

Luego vienen los éxitos de “Tango” (1986), un extraordinario primer reencuentro con Pedro Aznar, del que surge el sarcástico “Ángeles y predicadores”, para llegar a otro hito: “Parte de la religión”, disco con el que en 1987 Charly “mata” con temas como “No voy en tren”, “La ruta del tentempié”, “Símbolo de paz”, una nueva versión para “Rezo por vos” (creado junto a Spinetta cuando estuvieron en La máquina de hacer pájaros) y el fabuloso “Rap de las hormigas”, con el que no sólo presenta en sociedad para el mundo en español de América Latina al genial trío brasileño Paralamas do sucesso, sino que también introduce en las radios comunes un género musical que nadie conocía. Con cada paso demuestra otra de sus principales genialidades de Charly: ser adelantado a su tiempo.

Sin embargo, luego de la prodigiosa década de los 80, Charly entra en una extraña década siguiente, tiempo en el que si bien no cae a niveles vergonzosos, sí reduce la creatividad de sus propuestas con discos que no alcanzan los estándares de calidad a los que había acostumbrado, además que se ve envuelto una y otra vez en actos insólitos, como bajarse los pantalones en un escenario o pelearse constantemente con la policía.

En 1993 se produce un hecho que lo marca definitivamente: ante sus constantes comportamientos violentos o depresivos, que lo tienen días sin dormir y destruyendo instrumentos en su casa-estudio, la madre de Charly decide dar su autorización para internarlo en una clínica psiquiátrica.

A partir de ese día, definitivamente se marca un cisma con su progenitora: pasa de “la heroína de la jornada”, con ese excelente ojo que tuvo para llevarlo a la academia musical cuando el chico sólo tenía cinco años, pasó a transformarse en “la mala de la película”, siendo culpada por algunos amigos del músico por haberlo encerrado como un loco más en centro de sanidad mental.

Pero, a pesar de sus escándalos, coronados por peleas con su novia Florencia Zavala, tres décadas menor, o por lanzarse desde el piso 9 a una piscina ubicada en el piso 2, nada quiebra la gran relación con su público, que se mantiene hasta nuestros días. Ni siquiera sus aún inentendibles discos “La hija de la lágrima” (1994), “Estaba en llamas cuando me acosté” (1995) o “Say no more” (1996) con el que sus amigos músicos le demostraron una extraordinaria fidelidad, pues cada sesión de grabación estuvo llena de escenas surrealistas y capítulos –a lo menos- freaks. Su público ya no está compuesto sólo por sus incondicionales que venían desde Sui Géneris, sino que -a estas alturas- van acompañados de sus hijos y, eventualmente, sus nietos.

En medio de esos años, “Say no more” se transforma en una verdadera epifanía para Charly, pues surge de una particular relación de él y Yoko Ono. En una visita a Argentina, y como buena artista plástica, la viuda de Lennon le dejó un triángulo pintado en su pieza con una leyenda al interior y las tres mágicas palabras: Say no more. Charly lo tomó como un signo divino y lo transformó en método de grabación: se trata de una fórmula en la que graba instrumentos y sonidos una y otra vez sobre las canciones. Bajo ese sello grabó, además de los citados en los años 90, “El aguante” (1998) y “Demasiado ego” (1999) con una recepción de público y crítica bastante menguada y dividida.

El triunfo de su filosofía

Lo rescatable de la década de los 90 en lo musical, eso sí, fue que Charly protagoniza interesantes reencuentros con Seru Girán (registrados en los discos “Seru 92”, 1992 y “Seru en vivo” 1999) y con Nito Mestre (“Sui géneris 2000”). Gracias a ello, su talento se mantiene inalterable y las nuevas generaciones lo siguen teniendo como un ícono a seguir, más allá que el siempre joven Charly García ya haya cumplido sus primeros 60 años.

Pero siguiendo la idea de Adela, que en uno de sus temas va en un carrusel, el de Charly nuevamente va en ascenso, al comenzar la década 2000. “Influencia” (2002) es el nombre de uno de sus muy buenos últimos discos que lo dejó feliz y de vuelta al éxito, llenando de bote a bote aquí en Buenos Aires el Luna Park para su presentación en julio de ese año.

Durante el verano de 2017 vuelve a sorprender con un digno y poderoso trabajo: «Random».  Diez temas que constituyen un paseo por las diversas etapas del artista. No le quedara voz, pero talento sigue derrochando, con miradas y melodías que siguen siendo diferentes, intensas y con vocación de trascendencia.

Y es que gracias a su porfía, el concepto “Say no more” terminó conociendo la victoria. Charly no se arrepiente de nada. “Hacer discos no quiere decir que hay que venderlos. Uno necesita cosas que la gente no entienda en su momento”, ha dicho con plena tranquilidad de conciencia. Y es que Charly, a esas alturas de su vida, ya no está para cosas.  Como lo dijo hace tiempo en su tema “Mientras miro las nuevas olas” (disco «Bicicleta», Seru Giran, 1980): “Yo ya soy parte del mar”…

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