El delicado sonido de la música, el tiempo y el recuerdo

Pocas semanas atrás una estación de TV local emocionó a sus telespectadores y auditores con un reportaje sobre el poder de la música para recuperar recuerdos en pacientes de la tercera edad que sufren el mal de Alzheimer.

Por cuanto los recuerdos se relacionan con el tiempo pasado, nos permitimos subrayar la perogrullada de que aumentan en significación a medida que pasan los años. Aunque es inobjetable que niños y adolescentes recuerdan, es claro que para ellos tal ejercicio no resulta dramático, ocupados como están en vivir el presente.

La percepción de música es, junto a la de olores, uno de los elementos más evocadores de experiencias pasadas y cada uno de nosotros posee, inevitablemente, una personal “banda sonora” de su vida, enraizada y siempre reverdecida en las profundas aguas de las emociones.

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No se necesita una condición de senectud para el ejercicio significativo del recuerdo, pues cada generación lo remite a aquellas músicas escuchadas en su tiempo de juventud, condición que puede abarcar desde la infancia hasta bien entrada la madurez.

Es, por lo demás, algo que saben muy bien quienes transan con la música del recuerdo cuando -de manera creciente- deciden agrupar los repertorios en venta no por géneros ni estilos, sino que por décadas.

En general, el consumo nostálgico pareciera corresponderse con un núcleo de aquella música vivida entre la segunda y tercera década de vida. Y la forma musical que –históricamente- se ha demostrado más eficiente en relacionar sonido, emoción y recuerdo, ha sido la canción, es decir, aquel secular expediente de vehicular un texto a través del canto, vaya éste acompañado o no del baile.

No resulta extraño, por tanto, que la música popular la tenga en un lugar muy central de su producción y estima y, por lo mismo, pareciera ser que el objetivo último de una canción popular es aferrarse de la emoción del auditor para llegar a constituirse en una experiencia significativa de su vida. Y de su nostalgia.

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Este término, cuya raíz griega remite al dolor de verse ausente del hogar, pareciera ser un tipo de recuerdo caracterizado por una suerte de agridulce y melancólico sentimiento de extrañamiento y lejanía respectos de un tiempo, lugar o persona. Hace crítica la dicotomía entonces/ahora, allá /aquí, contigo /solo, siendo el locus ideal los primeros términos de cada par, pues remiten a un estado feliz del que nos separa una distancia irreversible, percibida desde el presente.

Así, la nostalgia en música ha llegado a constituirse en uno de los fenómenos de consumo más extendidos en nuestros días, pero no sólo a nivel de auditores. La nostalgia parece generar en los propios músicos expresiones aún más complejas que alcanzan su práctica a través de dimensiones estéticas en relación al objeto y su tecnología.

Lo anterior se evidencia, por ejemplo, en la tendencia vintage entendida como una valoración de materialidades pasadas no muy lejanas de la actualidad, pero distintivas en su historicidad, es decir, que remiten a tiempos pretéritos específicos.

Así, un equipo amplificador a tubos, una guitarra eléctrica o un teclado de los 60 puede ser objeto de veneración y deseo tanto por su apariencia como por su tecnología y –finalmente- en las posibilidades estéticas sonoras que permiten y que, por supuesto, remiten a un pasado valorado. Y lo mismo sucede con ciertos auditores especializados.

Las comunidades y redes de discusión e intercambio en internet de instrumentos vintage resultan interesantes fuentes de datos y discursos al respecto, que podrían servir incluso a los estudiosos de nuestra cultura material.

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También en el ámbito de la interpretación, que alcanza ahora a la ideología, se aprecia otro fenómeno complementario: el revival. Se entiende como una práctica musical cercana al activismo social que persigue rescatar y revivir repertorios y prácticas desaparecidas o en vías de extinción, valorándolas como un real aporte a la cultura y sociedad actual. Tal es el caso de lo sucedido, por ejemplo, con la cueca chora, el canto a lo divino, el jazz guachaca, el tango porteño, el bolero cantinero o la cumbia sesentera.

El hecho de que en algunos casos sus cultores suelan ser músicos de generaciones posteriores a la temporalidad de origen y externos a las comunidades tradicionales, remiten tanto al fenómeno de apropiación de memoria ajena como a un cierto rechazo del mundo actual.

Los acontecimientos dolorosos que afectan al conjunto de un país o una sociedad, a diferencia de los fenómenos anteriores de alcance individual, grupal y comunitario, suelen propiciar otro tipo de recuerdos en música que sus rasgos fundamentales son algo más dolorosos y conflictivos, por cuanto afectan la convivencia de toda una sociedad.

Es lo que puede observarse en uno de los fenómenos más notorios de nuestra historia reciente: la construcción de memoria, siendo el evento de fractura que la origina lo sucedido a partir del golpe militar de 1973. Aunque también se involucran en esta dinámica las décadas que van desde los años 60 hasta los 80, ya que forman parte de toda una operación de construcción de memoria en que la dimensión histórica es alcanzada -y a menudo condicionada- por la dimensión simbólica.

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En música, esa misma dinámica, sin embargo, requiere de un relato paralelo a la audición o ejecución del repertorio, que encuentra su mejor expresión en escritos de pretensión histórica. Como resultado de una investigación (Fondecyt 1140324) que pretendió caracterizar la narrativa de la música en Chile a través de libros publicados a lo largo del siglo XX hasta nuestros días, pudimos constatar que de la totalidad del universo examinado (alrededor de 166 items), más del 70% había salido a circulación desde la década del 90 hasta hoy.

De ellos, la mayoría correspondía al ámbito de la música popular y, por tanto, de la canción. De este subconjunto llama la atención la proporción de libros que aborda el movimiento de la Nueva Canción Chilena (NCCH), sobre todo considerando que el núcleo temporal de ésta sólo abarcó cuatro años (1969, fecha de su primer festival, y 1973, momento en que el proceso que la inspiraba fue interrumpido abruptamente), pero que tuvo una notable proyección política y cultural.

Imposible no relacionar esta producción con el contexto de las numerosas acciones que en esos mismos años pretenden rescatar diversos universos del recuerdo a través de memoriales en el espacio urbano y de nuevos museos e instituciones.

Igualmente destaca la mayoritaria presencia autoral por parte de los propios cultores históricos y de periodistas. Éstos últimos desarrollan un tipo de relato que presenta una característica que parece definir la mayoría de tales aportes: constituyen reportajes extendidos que no pretenden tanto historiar un personaje o un proceso, como contribuir a la construcción de su memoria.

Como se refrenda en la literatura internacional, para el periodista-historiador pareciera que el pasado reciente es sinónimo de pasado político reciente, y en el caso de la música la NCCH resulta su temporalidad y objeto preferente. Por eso, a menudo el escuchar aquella música, retomando la audición que evoca, pareciera constituir un recuerdo musical de tipo ético, en tanto se impone el discurso más o menos planteado en términos de que “debemos recordar” o -mejor aún- “no debemos olvidar”.

Contrasta el carácter y tono de esta modalidad algo seria y doliente, con aquel recuerdo musical nostálgico en que más que un imperativo ético está en juego una cierta domesticación de lo estético en términos de “me gusta evocar” o “es hermoso recordar”, que podríamos relacionar con otro movimiento cancionístico coetáneo del anterior, como lo es la Nueva Ola Chilena y su producción de memoria.

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En la radiotelofonía local, los espacios musicales dedicados a lo retro, están orientados a grupos generacionales diversos, aunque más notorio en aquel segmento considerado “adulto joven” (tal vez por su potencial de consumo y figuración social) que parecen ampliarse de manera análoga al aumento de las expectativas de vida.

Como señalábamos anteriormente, este consumo adquiere un carácter más sombrío y dramático a medida que el grupo etáreo deviene en la ancianidad. Un ejemplo notable al respecto lo constituye el antiguo programa “Una voz, una melodía y un recuerdo” creado y conducido hace más de seis décadas por su animadora, Mabel Fernández.

Paradójicamente este programa que aún se transmite cada noche (Emisoras Usach 94.5 Fm) y llegó a constituirse en un espacio sonoro que también evoca la presencia de su locutora, fallecida hace un año. Pareciera que todo lo que escuchamos allí ya se esfumó en las neblinas del tiempo.

Y es que, de una manera u otra, pareciera que la música constituye un dispositivo capaz de anular al tiempo, que remitido al último siglo parece haberse inaugurado con utopías y concluído fatalmente con nostalgias.

(*) El autor es Magíster en Musicología y Doctor en Historia/ Facultad de Artes, Universidad de Chile, Observatorio de Prácticas Culturales.

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