Tom Wolfe, el periodista canalla

Evidentemente polémico, a Tom Wolfe siempre le gustó meterse en las patas de los caballos. A 45 años de haber publicado ese movimiento telúrico que fue “El Nuevo Periodismo” (1973), deja este mundo común y silvestre a los 88 años para regalar el recuerdo de un tipo elegante, observador, intenso y vanidoso.

Deja libros para una posteridad más que eterna, como el ya citado. Pero también uno un poco más reciente, que lo refleja de cuerpo entero: “El periodismo canalla y otros relatos”.

Si con el antológico “El Nuevo…” heredó a las generaciones jóvenes la sabrosa variedad de estilos de esa poderosa escuela literario-periodística, con “El periodismo canalla…” renovó su vocación de choque, gracias a una selección de notas que hablan de la sexualidad de los jóvenes estadounidenses y el boom del sexo oral, la neurociencia, la crisis del arte, la vejez intelectual de la izquierda de su país, la genética y el nacimiento de Silicon Valley, entre otros variados temas que abarcan las entretenidas y avasalladoras 300 páginas.

Conocido por su pluma realista en artículos, reportajes y comentarios, a Wolfe le obsesionó también ser respetado como escritor. Su primera novela “La hoguera de las vanidades” (1987) reflejó con crudeza el poder, la gloria y la oscuridad de un Wall Street como corazón económico del mundo, llevada al cine con éxito por  el director Brian de Palma.

Once años después, publica una nueva obra literaria, “Todo un hombre” (1999), con la que supera el millón y medio de ejemplares vendidos, a pesar de que para terminarla quedó como sus personajes: al borde.

Sobrevivió sobregirado y gracias a la paciencia de su casa editora, que le adelantó millones por una novela que aún les parecía un fantasma. Sin embargo, el libro salió, Wolfe volvió a dar un batatazo, su cuenta corriente obtuvo la recompensa esperada y la sociedad estadounidense volvió a recibir un recado fuerte y crudo. Por supuesto, la polémica no quedó afuera.

El detalle con que escritores como Norman Mailer, John Updike y John Irving le dieron duro a la novela y a Wolfe fue suficiente motivo para que éste guardara cada una de sus palabras y las lanzara en uno de los artículos más comentados de “El periodismo canalla…”, llamado “Mis tres comparsas”.

Y es que una de sus principales obsesiones fue, como hacía Balzac con Francia, escribir sobre la sociedad norteamericana, para lo cual no escatimó lugares ni personas por conocer. Libreta en mano, recorrió rincones para empaparse de la “verdadera” alma estadounidense.

De hecho, allí radica la principal de sus críticas a sus compañeros escritores. Los acusa de entregarse a la “sofisticada psicología” europea y abandonar lo “salvaje” que tiene la sociedad y la literatura estadounidenses, en el sentido de empaparse más de la realidad cruda que de las teorías estéticas.

Entre sus libros de mayor éxito, figuran “El coqueto aerodinámico rocanrol color caramelo del ron”, primer reportaje que realizó para la revista Esquire (en donde habla sobre un grupo de jóvenes aficionados a las carreras de autos), “La izquierda exquisita” (en donde describe la falsa conciencia de la alta sociedad neoyorquina de izquierda, desnudando también la ignorancia política de los jóvenes militantes de algunos grupos radicales), “La banda de la casa de la bomba” (en el que retrata los excesos de los años 60 y 70, con perfiles de diversas personalidades) y “Emboscada en Fort Bragg” (donde reflexiona en torno a los límites de la investigación periodística y el espectáculo, a través del crimen de un joven militar homosexual a manos de un grupo de compañeros).

Con “El periodismo canalla”, Wolfe reivindicó su background como periodista, ostentándolo como una real ventaja para ser escritor. “Hemingway, Steinbeck y Faulkner, por ejemplo, tenían una sólida base realista, admirada en todo el mundo. Mi trabajo es señalarles a los intelectuales que un país tan rico y salvaje como el nuestro debiera darle más valor a la observación directa de la realidad”, dijo sin diplomacia.

Sin embargo, lo más profundo que contiene el libro es, sin duda, la historia del artículo que remeció al “New Yorker”, revista de alto prestigio cuando Wolfe formaba parte de un mínimo equipo de un suplemento dominical llamado “New York”.

Hay en esa historia y en la crónica misma, una frescura tan vital, un estilo tan profundo, pero a la vez un artículo tan legible y ameno, que conmueve. Tom Wolfe volvió así a las patas de los caballos, un lugar comodísimo para él, en el que siempre supo mezclar crudeza con estilo.

Wolfe nació al sur de Estados Unidos, en Richmond, Virginia, en el año 1930. Ácido, metódico y exitoso, compartió una exquisita mezcla de escritor radical y dandy de los best sellers. Durante casi cuatro décadas vistió siempre de blanco, con extravagante elegancia. Su amplio departamento neoyorkino posee más de diez habitaciones y se ubica en un exclusivo sector de la hoy abrumada manzana.

En ese mismo lugar tomó -con elegancia y acritud- su último suspiro. Todo un periodista canalla…

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