Pablo Neruda: Así se arma el camino que lo lleva al Premio Nobel

Ese 10 de diciembre de 1971 Pablo Neruda no fue presa de los nervios ni entró en pánico, como había ocurrido cinco décadas atrás.

En medio de la pompa que imponía el pulcro protocolo de la realeza sueca, el poeta hijo de un maquinista de trenes no pudo evitar acordarse de lo que le había pasado en septiembre de 1921, cuando recibió su primera condecoración literaria.

De entre miles de jóvenes, sus versos habían sido elegidos por un jurado como los mejores. Y el premio consistía en permitirle al autor leer su obra ante un público ávido que, con la poética ceremonia, recibía la apertura de la Fiesta de la Primavera.

Los nervios fueron tan profundos, que Neftalí Reyes Basoalto no pudo asumir el reto. A sus 16 años, la idea de leer su creación ante tantas personas, sencillamente, lo abrumó. Otro joven tuvo que dar a conocer los tempraneros versos nerudianos.

Sin embargo, aquel frío día de diciembre de 1971 en Suecia, cuando al fin -luego de casi veinte años que su nombre se venía dando- la Academia le entregó el Premio Nobel, la mirada de Pablo Neruda sobre lo que pasaba a su alrededor fue más bien lúdica.

“Aquella ceremonia tuvo indudablemente la debida solemnidad, parece que el ser humano la necesita. Sin embargo, yo encontré una risueña semejanza entre aquel desfile de eminentes laureados con el reparto de premios escolares en una pequeña ciudad de provincia”, anotó el vate en sus memorias.

Con la entrega de tan prestigioso premio confluyeron con fuerza dos aguas de distinto río: lo poético y lo político. Lo primero, gracias –sobre todo- a la monumental marca de “Canto General” y lo segundo vino de la mano de un influyente profesor sueco, experto en literatura latinoamericana, Artur Lundkvist, quien entró a la Academia con la clara idea de privilegiar las posibilidades del poeta nacional.

Lundkvist es sindicado como un hombre de evidente influencia en la institución del Nobel, porque así como tuvo clara participación en la entrega del galardón a Neruda, también se le cita como el principal enemigo de que otros literatos, más conservadores y de ideas más cercanas a la derecha como Jorge Luis Borges y Herman Hesse, llegaran a gozar de ese privilegio.

El investigador y profesor europeo se deslumbró con la obra de Neruda desde que en 1946 conoció al vate en Chile, en pleno otoño. Para llegar a conocer personalmente a Neruda, de quien ya había leído “Residencia en la tierra” y “Veinte poemas de amor”, tuvo que ir “pisando las piedras colocadas en la húmeda hierba hasta llegar a su casa”, según el mismo recuerda en su libro “Elegía a Neruda”. Lundkvist reconoció en el vate nacional “un poeta mayor”, aunque –sin duda- su cercanía fue también ideológica.

El evidente compromiso de Neruda con la izquierda internacional, surgida en la drámatica y cruda Guerra Civil Española, en la que el chileno no sólo perdió compañeros de literatura “sino que verdaderos hermanos”, según dijo en más de alguna entrevista. Por eso, desde que Lundkvist oficializó -a mediados de los años 50- su ingreso a la Academia, tuvo en mente lograr el premio para Neruda.

Neruda y la CIA

Pero eran tiempos de guerra fría, en medio de la que Neruda jamás abandonó su militancia en el Partido Comunista, que alcanzó casi tres décadas, desde 1945. A pesar de las purgas de Stalin, a pesar del crimen Trotski (con el cual se le quiso ligar), a pesar de la intromisión en Praga, todos sucesos que –según el premiado Jorge Edwards, estrecho colaborador del poeta- “le dolieron el alma”, Neruda jamás abandonó la colectividad.

Por eso, así como tuvo cercanos, en la Academia Sueca de dieciocho miembros el poeta chileno también tuvo antagonistas. Gunna Ekelöf fue uno de ellos, pues aceptó la tesis de que Neruda ayudó al pintor mexicano David Alfaro Siqueiros a asesinar al líder disidente ruso León Trotski.

Neruda explicó en una extensa entrevista con “L´Express”, en septiembre 1971, que las ligazones con lo del disidente intelectual ruso eran interesadas, ya que por esas fechas Neruda se hacía cargo del consulado de Chile en el país azteca, donde vivía exiliado Trotski.

“Nunca vi a ese hombre, ni de cerca ni de lejos, ni vivo ni muerto”, les dijo a los periodistas franceses. Y precisó que al poco tiempo de llegar a México, el embajador de ese país en Chile le solicitó –por petición de su presidente- que se le concediera una visa a Siqueiros. El pintor estaba, a la sazón, detenido por el propio gobierno azteca, acusado de disparar contra el hogar de Trotski, pero se le quería dejar en libertad por no existir suficientes pruebas contra él.

“Sin conocer al artista, lo único que le pedí al diplomático que me hizo esa solicitud, fue que Siqueiros ofreciera una obra a Chile”, contó Neruda. Cosa que ocurrió, pues el pintor estuvo un año realizando un fresco mural en la ciudad de Chillán. “Y he aquí la palabra final de esta historia mal interpretada por la melevolencia, a la cual nunca había querido responder hasta ahora”, les dijo Neruda a los corresponsales franceses que lo entrevistaron sobre este polémico punto.

El académico sueco Ekelöf , sin embargo, fue de los que creyó que Neruda tuvo conocimiento de la suerte de Trotstki. Y para convencer de esa idea a la intelectualidad mundial, la propia CIA (la hoy cuestionada agencia de espionaje internacional de Estados Unidos) desarrolló “informes” destinados a la Academia Sueca en 1963, año en que se dio más seguro el nombre de Neruda como ganador.

Para la CIA, el poeta chileno era “un estalinista de oscuras redes”, lo que obviamente enturbiaba con sucias nubes los pergaminos literarios del poeta.

(Foto de Sam Falk/ New York Times/ Getty Images)

(Photo by Sam Falk/New York Times Co./Getty Images)

Banderas en Isla Negra

Un solemne candado de bronce en la reja de la casa de Isla Negra simbolizó en septiembre de ese año la distancia que Neruda quiso guardar con los periodistas que en los días en que la academia se reunía a dirimir el Nobel buscaban sacarle palabras. Lundkvist había escrito un exhaustivo y poderoso artículo sobre Neruda en una influyente revista sueca.

Sin embargo, en 1963 sería un poeta griego, Seferis, quien se quedaría con el galardón. La historia se volvería a postergar, pero Lundkvist se juró que el poeta nacido en el sur de Chile iba a djudicarse el premio mayor.

Neruda, en tanto, si bien esperaba con diversos grados de ansiedad la noticia, disimulaba su estado con la contemplación. “En esos días de encierro, aproveché de disfrutar la llegada de la primavera, que comienza con un gran trabajo amarillo, en el que todo se cubre de innumerables, minúsculas flores doradas (…) Tanto tiempo sostienen esas flores una vida invisible, que ahora todo les parece poco para su fecundidad amarilla”, escribió en sus memorias.

Sin embargo, ocho años más tarde, el éxito en el empeño por lograr el segundo Nobel para Chile casi se podía tocar. Ya con el gobierno de Salvador Allende en La Moneda, Neruda es nombrado embajador en Francia, asegurando una mayor trascendencia en sus amplias actividades.

Y aunque comenzó a recibir nuevamente llamadas de todo el mundo en octubre de 1971, la verdad es que el poeta estaba “aburrido de ser mencionado cada año, sin que las cosas fueran más lejos, me parecía irritante ver aparecer ni nombre como si fuera caballo de carrera”. Pero ahora sí que la cosa iba en serio.

El consejero de la embajada, el hoy galardonado escritor Jorge Edwards, le desafió algunas días antes: “Me propuso cruzar una apuesta muy sencilla. Si me daban el Nobel ese año, yo pagaría una comida en el mejor restaurant de París, a él y a su mujer. Si no me la daban, él pagaría el de Matilde y la mía. Aceptado, le dije. Comeremos espléndidamente a costa tuya”, cuenta Neruda en sus memorias.

Sin embargo, una amiga periodista en común había llamado algunos días antes a Edwards para asegurarle que esta vez sí estaban todas las posibilidades para que el poeta ganase el Nobel. Nadie se lo comentó al poeta, esos sí. Ni siquiera el propio Lundkvist, quien visitó a Neruda en aquellos movidos días previos, en que periodistas de todo el mundo se comunicaban con las dependencias diplomáticas de Chile en la Ciudad Luz.

Neruda cenó con el académico y le pidió que, como amigo, le adelantara algo de la decisión sueca. “Quiero saberlo antes que la prensa para comunicárselo primero que nadie al presidente Allende, con quien he compartido tantas luchas, se pondrá muy contento de ser el primero en saberlo”, trató de convencer Neruda a su contertulio.

Lundkvist lo miró con extrema seriedad y le dijo: “Nada puedo decirte. Si hay algo, te lo comunicará por telegrama el rey de Suecia o el embajador de Suecia en París”. Ninguna palabra más. Sólo un par de días después, el 21 de octubre de 1971, a las 11:30, Neruda recibió la llamada esperada con ardiente paciencia: era el embajador sueco en París, que le pedía una audiencia sin anunciarle sobre el tema. Sin embargo, todo ya era un hecho.

El enjambre de periodistas era caótico en las oficinas diplomáticas chilenas. Los teléfonos no dejaban de sonar y las radios informaban al mundo que el “poète chilien” Pablo Neruda recibía el segundo Nobel de Literatura de este pequeño y lejano país. En muchos lugares del territorio nacional se hizaron banderas chilenas.

Hubo dos en especial que emocionaron al poeta: en Isla Negra y en una población del norte de Santiago, llamada precisamente Pablo Neruda, y cuyas calles llevan los nombres de sus poemas.

Neruda proscrito

La imagen de un Neruda de larga barba, vestido con ropas prestadas y raídas, cruzando la Cordillera de los Andes a fines de los años 40 originó una fuerte impresión en el mundo entero. Desde los primeros días de 1948, tras un fuerte impasse del poeta desde su sillón del senado con el mismísmo presidente de la República, Gabriel González Videla, el poeta fue declarado enemigo proscrito y maldito del gobierno, con orden expresa de ser detenido y encarcelado.

El presidente González, quien había llegado al poder con los votos del Partido Comunista, quien en cientos de concentraciones con el PC le juró su “eterna gratitud y fidelidad” y a quien el propio poeta le dedicó el texto del que luego sería su himno de campaña (“Y el pueblo lo llama Gabriel”), presionado por las dinámica mundial post Segunda Guerra Mundial y sin ningúna fineza, declaró en 1948 ilegal a la colectividad del martillo y la hoz, decisión que –obviamente- fue dramáticamente resistida por Neruda en el Senado, elaborando una virulenta publicación llamada “Yo acuso”.

Fue su sentencia. Un poco elegante González le declaró la guerra al poeta, ya conocido y respetado a nivel mundial, obligándole a Neruda a vivir una vida al margen de la ley, escondido por todo el país, hasta que en febrero de 1949 logró salir de Chile por la cordillera y llegar hasta territorio trasandino por la zona de San Martín de Los Andes.

Sus fotos con esa apariencia de vagabundo, vitalmente necesaria para no ser reconocido, golpearon fuertemente en todo el orbe, pues se consideró una profunda vejación con un literato, con un senador, con un hombre de la altura que el peota ya ostentaba en el mundo.

Sin embargo, lo más importante de toda esa travesía no fue exactamente el hecho de que no lo hayan apresado y de que llegara a Argentina con vida. Entre sus cosas, llevaba una gran cantidad de páginas escritas bajo el mentiroso título de “Risas y lágrimas”, firmado por un aún más fabulesco Benigno Espinoza.

Las mentadas hojas eran los originales de “Canto General”, una obra poética monumental que, según varios expertos, fue la balanza literaria que logró convencer al jurado sueco acerca de trascendencia lírica de Pablo Neruda.

El libro fue escrito mientras el poeta estuvo proscrito y escondido en Chile, pero sus orígenes datan de 1939. Muchas copias se entregaron a la custodia del Partido Comunista, que se encargó de sacarlo del país por diversas vías, evitando que si Neruda era descubierto, el trabajo poético fuera requisado.

Eso significó que el poeta desarrollara el libro sin tener la posibilidad de analizarlo ni revisarlo en su globalidad, lo que sólo pudo hacer una vez instalado en México, país en el que finalmente fue lanzado “Canto General”, conocido rápidamente como “el libro escito por Neruda en la clandestinidad”, relacionándolo inmediatamente con esas fotos de un vate irreconocible.

Por un lado, el texto en cuestión resultó ser una obra monumental porque en él entregó una comprometida versión acerca del surgimiento y desarrollo de los pueblos originarios de América. Y desde el punto de vista poético, la manera en que Neruda encaró una temática de taleas proporciones fue extraordinariamente potente.

“Aquí se conjugan muchas géneros poéticos.Se dice que su tono conceptual es épico-trágico, pero es importante reparar que posee largos episodios de poesía lírica, además de satírica, elegíaca, política. Lo que es mejor, con todo eso Neruda se dirigió al pueblo de Chile y a través de él, al pueblo americano. Su lenguaje se volvió sencillo y adquirió variados tonos. Con ese compromiso, Neruda descubrió otros modos de enriquecer la poesía”, expresó al diario La Tercera hace algunos años, el catedrático inglés Robert Pring-Mill, experto en la poesía nerudiana y quien conoció al vate.

De hecho, la declaración de la Academia Sueca subraya que “Neruda se refiere a su tierra, violada y oprimida desde los días de los conquistadores. Él mismo, vez tras vez, fue arrojado y perseguido, pero nunca se resignó. La comunidad de los oprimidos la hallamos en todas partes. Esto es lo que él ha buscado sin cesar, tornándose en el poeta de la humanidad violentada”. Existe allí un evidente reconocimiento a la obra poética y al compromiso social de Neruda.

En su discurso de agradecimiento del Nobel, el poeta dijo: “Pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza. Y pienso con no menor fe que todo está sostenido –el hombre y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesía- en una comunidad cada vez más extensa, en un ejercicio que integrará para siempre en nosotros la realidad y los sueños, porque de tal manera los une y los confunde”.

Sobre “Canto General”, Neruda sostiene en sus memorias: “¿Puede la poesía servir a nuestros semejantes? ¿Puede acompañar las luchas de los hombres?.(…) Debía buscar el camino del humanismo, desterrado de la literatura contemporánea, pero enraizado profundamente a las aspiraciones del ser humano”. Por eso, su idea fue “un poema central que agrupara las incidencias históricas, las condiciones geográficas, la vida y las luchas de nuestros pueblos se me presentaba como una tarea urgente”. Fue también, un tarea extensa, que le tomó casi una década.

El carácter popular de este libro puede apreciarse con un hecho aparentemente simple, pero decidor: el grupo musical chileno “Los Jaivas” efectuó a comienzos de los 80 la musicalización de varios esos poemas en su reconocido disco “Alturas de Macchu Pichu”, del cual “Sube a nacer conmigo hermano” es uno de los temas más identificatorios del grupo.

La herida de España

El otro componente importante en la consecución del Nobel para Neruda fue, claramente, su compromiso ideológico. Más allá de pertenecer al Partido Comunista, se valoró en él “la actitud de un hombre intelectual esencialmente humanista”, aspecto desarrollado en varias oportunidades por Volodia Teitelboim (a la sazón, gran amigo de Neruda), en el que se destacó el compromiso a sangre y fuego que el poeta selló con quienes compartieron con él su visión del mundo y del hombre.

Muchos explican su permanencia en el PC, a pesar de esas citadas heridas que le dolieron tanto, por la particularmente dura experiencia vivida en España, en donde tras conocer el rico movimiento cultural de los artistas de la generación del 27, observó cómo tras la guerra civil y la posterior persecución de las fuerzas de Franco a los poetas y escritores con los que compartió y vivió, muchos terminaron sus días en formas claramente indignas.

El asesinato por parte de las fuerzas franquistas de un amigo tan entrañablemente querido por Neruda como Federico García Lorca entre corrales de cerdos, fue para el Premio Nobel una herida abierta. Hay quienes explican ese compromiso, simplemente, como un nexo humano, más allá de toda dinámica ideológica. Neruda, explican tuvo una niñez solitaria, que fue llenando constantemente con mútiples amistades.

Y en España, en su propia madurez, el poeta habría encontrado una familia de cómplices hermanos y compañeros de ruta. “Que le hayan quitado esa familia de una manera tan dolorosa y violenta, fue para Pablo una fuente de constante revitalización de su compromiso”, explican algunos amigos del vate.

Para argumentar eso se citan experiencias comolo del barco “Winnipeg”, por ejemplo. Esa fue la iniciativa del gobierno de Pedro Aguirre Cerda, llevada a cabo por Neruda, en la que en un viejo barco se trajeron a Chile, para darles una oportunidad de desarrollo, a cientos de familias españolas, salvadas desde los campos de concentración franquistas. Neruda asumió esa tarea como uno de sus mejores tareas.

Incuso, lo que para muchos fue una ofensa a su postura social como la decisión de adquirir una lujosa casa de vacaciones en París con el dinero del Nobel, es sólo una parte de la verdad. Según Teitelboim, el poeta envió un porcentaje considerablemente alto del premio a las arcas del Partido Comunista en Chile e incluso, compró un importante inmueble, destinado a que viviera quien se desempeñara como secretario general del partido.

Las respuestas poéticas

“Un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desespredaos, escribió esta profecía: ´Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades`. Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente (…). Debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajsdores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frae de Rimbaud: sólo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia, dignidad a todos los hombres. Así, la poesía no habrá cantado en vano”, culminó su brillante discurso de agradecimiento del Nobel en Suecia, ese frío día de diciembre de 1971.

El recuerdo de aquel niño que tembló de pavor cuando tuvo que asumir la cruda tarea de reconocerse poeta llenó de emoción el, a ese momento, ya débil cuerpo de Neruda, que contaba con 67 años y varias de las molestias que lo terminarían llevando a la muerte, sólo dos años después.

Neruda debió armarse de esa ardiente paciencia durante casi dos décadas, hasta adjudicarse el Nobel. Un tiempo justo, en todo caso, pues luego el golpe cívico-militar de 1973, que lo sorprende en su lecho de enfermo en Isla Negra, desestabiliza su vida y agrava los males de su salud, hasta morir doce días después del levantamiento, estupefacto por los acontecimientos que le revolvían la herida de España.

Con el paso del tiempo se alimenta también la tesis de que el poeta habría sido envenenado por la dictadura que estaba tomando el poder.

A pesar de esos últimos momentos de dolor, los textos de Neruda han logrado sembrar esperanza de que la obra poética puede dar respuestas al ser humano. Mal que mal, como lo advirtió ese frío día de diciembre en Suecia, su poesía no había cantado en vano.

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