Premio Cervantes a Ida Vitale y el “espíritu de cuerpo” en los escritores latinoamericanos

(*) Patricia Cerda

El concepto “espíritu de cuerpo” describe un sentido de unidad y cohesión. Se trata de una variable difícil de medir con métodos científicos, pero claramente identificable en las estadísticas. Es un vínculo emocional sobre el que no siempre se tiene plena conciencia, no obstante, actúa en forma subterránea y se manifiesta en los momentos en que la situación lo exige.

He aquí cuatro ejemplos claros de la manifestación del «espíritu de cuerpo» masculino entre los escritores chilenos:

– En la “Antología de la poesía chilena nueva” de Eduardo Anguita y Volodia Teiltelboin, publicada en 1938, los autores se incluyeron ellos mismos y no publicaron ningún poema de Gabriela Mistral. La antología incluía a Vicente Huidobro, Pablo de Rokha, Pablo Neruda y otros poetas, hombres todos. No se conoce la reacción de Gabriela Mistral ante esta exclusión. Ese año ella publicó su segundo libro “Tala” en Argentina con la editorial de Victoria Ocampo y viajó a Estados Unidos.

– En los encuentros de escritores chilenos y latinoamericanos organizados por Gonzalo Rojas en la Universidad de Concepción en los años 1958, 1960 y 1962 no fue invitada ninguna escritora. Rojas sólo incluyó en 1960 a Margarita Aguirre porque en esos años ella escribía una biografía de su amigo Pablo Neruda. Estos encuentros tuvieron un peso importante en el ambiente literario nacional y latinoamericano.

– En la década del 70, cuando la recién fundada editorial chilena Quimantú comenzó a publicar a bajo costo novelas de escritores chilenos y universales para hacer accesible la literatura a la gente de bajos ingresos, su lista de autores -en la que se contaban varios cientos- incluyó a sólo dos escritoras chilenas: Gabriela Mistral y Marta Brunet.

–En los años noventa, cuando la editorial Planeta se instaló en Chile y comenzó a publicar a las nuevas voces de la narrativa chilena en su colección Biblioteca del Sur, sólo se incluyó a una mujer entre una decena de hombres: Ana María del Río.

A nivel latinoamericano la situación no es diferente. Uno de los críticos literarios más importantes del siglo XX fue el mexicano Sergio Pitol. En su amplia obra ensayística, que abarca libros como “Trilogía de la memoria”, “La casa de la tribu”, “Pasión por la trama” y otros, Pitol comentó las novelas de unos seiscientos autores de la literatura universal y latinoamericana, sin ocuparse más que de dos escritoras: Virginia Woolf y Elena Poniatowska.

Foto: Susanna Sáez- Questiondigital.com

Su colega argentino Ricardo Piglia siguió los mismos pasos. Él tampoco se refiere a la obra de sus paisanas escritoras en sus numerosos ensayos y en “Los diarios de Emilio Renzi”. Piglia expresa claramente el sentimiento de los literatos latinoamericanos hacia las mujeres en su novela-ensayo “El último lector” cuando asegura que una infatuación común de los escritores era la de tener una mujer copista que se dejaba poseer por la escritura.

La influencia de Pitol y Piglia en el gusto literario en América Latina en la segunda mitad del siglo XX es innegable. Tanto peor para las escritoras. Hacia ellas estos críticos mostraban la ya mencionada actitud de ignorancia activa. Pitol citaba a Piglia y Piglia citaba a Pitol. Y otros ensayistas que recién se habrían camino, como Juan Villoro, los citaba a ambos. Así se consagraban mutuamente y establecían el cánon. En su libro «El tercer personaje», Pitol dictaminó que Ricardo Piglia, Juan José Saer, Roberto Bolaño y César Aira serían vistos como los escritores más destacados de su tiempo.

Sin desmerecer los méritos de los críticos y escritores mencionados, llama la atención la fuerza y la insistencia con que se manifiesta su espíritu de cuerpo. Hace poco este volvió a aparecer en un artículo de Mario Vargas Llosa en el que erróneamente califica de purista a la literatura feminista.

El 18 de marzo de 2018 escribe en el diario español El País: “Ahora el más resuelto enemigo de la literatura, que pretende descontaminarla de machismo, prejuicios múltiples e inmoralidades, es el feminismo. No todas las feministas, desde luego, pero sí las más radicales y -tras ellas- amplios sectores que, paralizados por el temor de ser considerados reaccionarios, ultras y falócratas, apoyan abiertamente la ofensiva antiliteraria y anticultural”.

Se ve que el autor peruano no ha leído la literatura escrita por mujeres latinoamericanas en las últimas décadas, en la que encontrará lo que quiera menos puritanismo.

Es posible que este fenómeno de autoayuda masculino para consagrarse mutuamente y excluir a las mujeres, que yo llamo aquí “espíritu de cuerpo”, sea una herencia colonial.

La profesora de literatura y crítica española Ana López Navajas muestra en su artículo “Escritoras silenciadas en clases de literatura” que apenas un 10% de los autores citados en los manuales escolares de literatura española son mujeres y que la cifra se reduce al 7% cuando se trata de la literatura contemporánea.

El escaso reconocimiento de la mujer en los ámbitos literarios se aprecia –además- en su participación en los galardones. El reconocimiento más importante en lengua castellana, el Premio Cervantes, tan sólo había distinguido hasta ahora a cuatro mujeres frente a 38 hombres desde que se instauró en 1976.

Por lo mismo celebramos el reconocimiento que obtuvo la poeta uruguaya Ida Vitale y lo vemos como un buen signo. Cada vez se lee más literatura escrita por mujeres en Chile, América Latina y el mundo. Cada vez hay más interés en la perspectiva de ellas.

Hemos llegado a un momento en que quien niega el aporte de las mujeres a la cultura deja en evidencia su propio retraso cultural. La situación está cambiando, aunque aún quedan espacios arcaicos en casi todos los ámbitos de la sociedad chilena y latinoamericana.

Entre dichas instancias incluyo, por ejemplo, el rechazo que despertó entre los hombres chilenos de todas las edades ver mujeres con senos al descubierto en las protestas callejeras de mayo del 2018. Su sorpresa, miedo y rechazo a ver cuerpos desnudos en un contexto no erotizado puso en evidencia el retraso cultural de muchos.

Ha llegado el momento en que su “espíritu de cuerpo” se ha vuelto contraproductivo para ellos. Los ha frenado y ha hecho que surja una gran asimetría entre ellos y ellas. Mientras ellas han avanzado al ritmo del tiempo de la civilización occidental de la que forman parte, ellos no.

(*) La autora es historiadora y escritora. «Mestiza» y «Violeta & Nicanor» son algunos de sus libros más reconocidos.

1 Comment

  1. Gracias por compartir el análisis…

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