Los inquietos 70 años de Pedro Almodóvar, un animal audiovisual

Durante muchos años, el cineasta Pedro Almodóvar fue considerado en España “el más internacional de nuestros conciudadanos”. Nacido como El Quijote en la región de La Mancha, lleva a cuestas casi cuatro décadas de un cine que se las ha arreglado para cumplir -con simpleza y calidad- un viejo adagio popular: habla de tu pueblo y hablarás del mundo.

El realizador no ha dejado de retratar con insistencia una sociedad española inquieta, en cambio, contradictoria, sin que ello implique no reflejar las particularidades de otros lugares o no desarrollar personajes con un pincel fino que permitan identificarse con ellos desde cualquier punto del globo.

De una niñez difícil, Almodóvar ha sido siempre un caso especial. Desde La Mancha, la proletaria familia del cineasta debe emigrar hacia Extremadura, asegurando el sustento y la sobrevivencia. En los sombríos pueblos de una España atrasada y lejana del progreso, el niño Almodóvar sueña con otros mundos.

“Ni siquiera jugaba bien a lo que jubagan los otros niños, ni tampoco me interesaban las mismas cosas: muy pronto empecé a leer, aspecto que llevado a cabo en un pueblo, supuso una extravagancia enorme”, reconoce.

El hoy exitoso hombre de cine demarca un camino largo y sinuoso desde que nace en septiembre de 1949. Se educa en los padres Salesianos, instancia en donde guarda uno de sus peores recuerdos.

“Veo mi estancia ahí como una iniciación sexual para ellos, con todo lo que de pesadillas que te corresponde a tí porque no puedes iniciar tu sexualidad con una persona que tenga el triple de años que tú; de allí que odie la educación religiosa”, comenta.

Sin embargo, de esa etapa Almodóvar también guarda su encanto por la cultura kitsch, esa mirada extremadamente cruda, burlesca, marginal, más allá de todo lo que se conozca como delicadeza o buen gusto.

“De hecho, para mí toda la historia de España que veía en el colegio era exquisitamente kitsch”, confiesa. Y a pesar de la amarga experiencia con sus educadores, Almodóvar rescata del catolicismo lo que él considera riqueza en ritos y ceremonias, teatralidad extrema que se denota en los perfiles de sus primeros personajes fílmicos.

De esa etapa infantil, el cineasta dice también recoger algo que, insiste, es su marca de fábrica: “Mi conciencia de clase, soy un proletario y lo seré siempre”, asegura. A pesar de que los millones de dólares rondan su cuenta corriente desde hace años.

“Mi corazón siempre estará en la clase social donde nací”, subraya. Y no se inquieta por esa frase que bien puede ser dicha por cualquiera de sus personajes con tonillo cursi. “Si alguien me pregunta cuál es el secreto de mi éxito, es éste: cuánto más auténtico soy, más comercial me vuelvo”.

Pero, en realidad, ¿cuál es la flor del secreto de este reconocido director homosexual?. “Sabe hacer ese tipo de filmes brillantes e impetinentes que a la cinematografía norteamericana le encantaría producir”, escribió el periodista estadounidense Richard Corliss en un artículo de portada de la connotada revista “Time”.

Y es que –si bien costó- Hollywood terminó rendido a los pies del español. Especialmente a partir del filme “Todo sobre mi madre”. Costó, pero el cielo de las star sistem le guardó su lugar.

Transición sin consenso

Desde que en 1988 su genial filme “Mujeres al borde de un ataque de nervios” da la vuelta al mundo, varios productores hollywwodenses se consiguen el teléfono de El Deseo Producciones para que Almodóvar dirija películas con tramas femeninas (entre muchas otras, “Cambio de hábito”, por ejemplo), pero “lamentablemente, les he tenido que decir en sus caras que los guiones me parecen malos”, explica con aire inocente.

Al manchego de amplia figura no le vienen con cuentos de risas fáciles. Lo que ha seducido a miles en el mundo es la gracia de su mano que filosofa sobre los intelectuales y los une con las prostitutas; es la jocosidad de sus historias que conviven con una profunda e inquietante seriedad. Además, qué duda cabe, por ese talento brillante para provocar.

La mirada de Almodóvar agita los sentidos, no se resta en crudeza ni en exuberancia de detalles y colores. Su primer golpe va directo al mentón: es una ardiente escena erótica en la ducha de un gimnasio en “Qué he hecho yo para merecer esto”; un asesinato tras el orgasmo en “Matador”; o la muerte de una madre en “Kika”.

El director cumple a cabalidad su ardua labor: estremecer, dejar pegado en la butaca hasta el final. Juega y coquetea con el folletín, se ríe de las creencias populares, muestra sin delicadeza aparente, pero construye con una elegancia pocas veces lograda y no comprendida de buenas a primeras. Entre otras cosas, le encanta trastocar lo que, comúnmente, se conoce como elegancia.

La perspectiva de Almodóvar surge en una España transicional, en el sentido más distinto que se conozca en Chile, pues se genera en una sociedad cuyo principal antónimo de transición es consenso. Son los días de la movida, tras la muerte de Franco; son los cambios de una España que pierde la virginidad en una verdadera bacanal y que sólo después de esa dura pasada se aboca a madurar.

El joven y provinciano Almodóvar llega a Madrid con los sueños más grandes que su humilde bolso. Desde que lee en su nada de tierna infancia, sabe que podía construir mundos y enfrentarlos a la opinión de otros.

Su padre, “un machista que cuando llegaba mi madre y mis hermanas debían lavarle los pies”, lo amenazó con enviarlo a la Guardia Civil (algo así como el Servicio Militar) si no cambiaba. Y como no cambió, estuvo algún tiempo de uniforme, pero un buen día tomó sus pocas pertenencias y se marchó donde intuía que le iban a pasar muchas cosas: Madrid.

No pudo estudiar cine y literatura como quería. Primero, tuvo que trabajar para comer. Pero sus labores en la Telefónica, en donde trabajó durante ocho años, cada vez fueron compartiéndose más con sus primeros pasos en el mundo audiovisual.

Como todos los directores, empezó con la consabida y pequeña cámara súper 8. Fue en esas andanzas en que conoció a una actriz de teatro, con antecedentes familiares más cercanos a la clase alta, con quien el chispazo que hicieron significó hacer seis de sus primeras siete películas. Esa actriz fue Carmen Maura, una de las principales musas de este director de 48 años que reconoce su favoritismo por las mujeres.

“Quizás esa imagen de mis hermanas lavando los pies de mi padre me marcó más de lo que me imagino, pero lo cierto es que adoro trabajar con mujeres, son las que resuelven todos los problemas”, dice el director español.

Talentos encontrados, verdaderas celebridades

Sin embargo ese fuerte e insospechado chispazo entre Almodóvar y Maura se deshace con el tiempo, pues luego de “Mujeres al borde…” su relación se rompe.

“Carmen no tiene nada que ver con mi mundo y, sin embargo, aterriza en mí con total naturalidad. Es una actriz intuitiva, innata, que huele dónde hay algo que a ella le va a interesar vitalmente”. Esta niña rica encarna con absoluta soltura a una atrevida virgen en “Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón”, el primer filme del cineasta.

Con ese papel, Almodóvar cae rendido ante ella. “Entre ambos se produjo un milagro extraordinario como director y actriz, el que sólo se da cuando ésta es grande: utiliza la voz sin artificio y camina bien a todas las velocidades”, explica el cineasta.

Y reflexiona: “Es algo maravilloso de mi trabajo: yo provoco al actor y soy el primer espectador. Es una labor de a dos, que surge de mí”.

Su otro ícono actoral es, sin duda, Antonio Banderas, que para el realizador manchego es algo así como “mi hermano menor”. No se queda en halagos (“es el mejor actor que ha intervenido en mis películas, es absolutamente excepcional. Tiene mucho más talento del que él cree”).

Luego vinieron Victoria Abril y la larga lista de musas entre las que se encuentran Cecilia Roth, Bibi Andersen (una voluptuosa y atractiva rubia que tiene el “defecto” de ser un hombre operado), la extrañamente atractiva Rossi de Palma, Marisa Paredes y Penélope Cruz.

Llama la atención cómo casi todos de los que han sido sus protagonistas se convirtieron en verdaderas celebridades. Es como en el fútbol: hay que ver dónde están ahora sus “jugadores”, para conocer cómo es la mano de este “entrenador”, el que en vez de gritar “¡corran, coño!”, dice “¡acción!”. El que mejor puede hablar de ello es Banderas, quien no sólo cambia de esposa, sino que de país y de chequera.

Animal audiovisual

El Madrid en el que Almodóvar se hace cineasta fue para él “como llegar al paraiso”. Para el joven provinciano, la capital fue símbolo de libertad.

La movida, un fuerte proceso de expresión sociocultural, se daba en el cine, la televisión, la música, los bares, la diversión. “Las drogas mostraban un lado amable y el sexo era higiénico”, cuenta

Almodóvar, antes —obviamente— de que se desatara la pesadilla del sida. Experimenta en súper 8 y la Maura le dice que hasta cuándo jode y no se lanza en un formato más profesional. Escribe en revistas y crea a un simpático alter-ego llamado Patti Diphusa, transexual que narra sus aventuras por la ciudad. Hace fotonovelas, crea ambientes. Disfruta y hace disfrutar con todo lo que sueña desde niño.

Las películas de Almodóvar quedan como documentos de una época, como retratos de una sociedad que cambia a través de la experiencia y no de la prohibición, quizás la única manera de cambiar de verdad.

Imbuido por el ambiente pop y el estilo factory de Andy Warhol, la estética almodovariana es igual de intensa que la del artista estadounidense. Eso sí, tal vez más trasgresora, más jugada.

“Los 80 fueron una explosión, un volver a nacer: el eclecticismo de esos años fue un fenómeno natural de un montón de gente que mira para atrás y cada uno va eligiendo caminos y los estilos que más le han gustado y los mezcla con su propio presente y su ciudad”, comenta.

En cambio, los 90 para el realizador son sinónimo de oscurantismo. “Vivimos en un mundo masacrado por el dolor y la pobreza, todas esas malas cosas de las que hablamos y que siempre tienen una expresión en la realidad”, dice con aire profundo.

Quizás por esa inquietud, el éxito llama más temprano que tarde a la puerta de El Deseo Producciones. “El primer bofetón del éxito te descoloca totalmente”, confiesa. “Los amigos desaparecen, porque la amistad hay que cultivarla y el tiempo te come. La amistad, para mí, es un elemento esencial y eso, de verdad, se extraña, porque estar dedicado a tu carrera te aleja de ese tipo de gente”.

Con “Todo sobre mi madre” gana importantísimos premios que lo terminan consagrando: el de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica, la Palma de Oro en Cannes y los Globos de Oro en Estados Unidos, el Oscar.

A pesar de eso, no ve que su cine pueda ser asimilado por la industria de Hollywood. “Allí se trabaja con un sistema que es totalmente contrario al mío, el director es lo menos importante y los tecnócratas manejan el negocio”. Para él, se trata de un sistema fascista que, sin embargo, tuvo la virtud en los años 40 de generar obras maestras.

“Hoy las obras maestras se dan en el cine independiente, en el que el cine europeo tiene más chance”. Dice que en el séptimo arte del Viejo Continente aún se habla de la vida y no como el norteamericano que todo lo hace en estudios; de allí que quienes hacen cine en Europa “coincidimos en hablar de nuestras cosas como sociedad, aunque sólo sea por una cuestión de presupuesto”, dice.

“Me imagino que en Hollywood querrán domesticarme, si no, no me explicó porque han seguido insistiendo conmigo”, comenta Almodóvar. Sin embargo, eso que él llama “mi conciencia de clase” hace prometer -quizás, más de la cuenta- que el niño que siempre lleva la contraria siempre se va a comportar así.

Lo claro es que Almodóvar es ya un animal audiovisual, un hombre que superó con creces lo que alguna vez soñó en un obscuro rincón de la España atrasada y pueblerina.

Un animal audiovisual que conjuga con presteza lo radical e impuro de un proceso social inevitable que se enfrenta a los pesados yugos del ayer. Un animal audiovisual que entiende que mirarse al espejo es, lejos, mejor que esconder la cabeza bajo la tierra, esa práctica tan conocida en un país como el nuestro.

Un animal audiovisual que en casi cuatro décadas ha retratado, con la pasión de Van Gogh, un cuadro intenso y honesto de su compleja España natal.

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