Valeska Solar, especialista en Análisis del Discurso: “La diferencia entre lo verdadero y lo manipulado en los contenidos hoy es casi imperceptible”

La movilización que vive Chile por estos días también ha centrado su mirada crítica en los medios de comunicación, especialmente por su falta de compromiso en un rol social más activo. Pautas editoriales cercanas a los valores impuestos por la élite o contenidos que buscan “parecer” ciertos en vez de responder a una “verdad verdadera” –como cantaba Víctor Jara- generan cada vez más desconfianza e incertidumbre.

Si a eso se suma el fenómeno de las redes sociales, en que los contenidos circulan veloces totalmente descontextualizados, se hace difícil identificar elementos verdaderos en la generación de discursos.

La profesora de Lengua y Literatura Valeska Solar -licenciada en Lengua y Literatura Hispánica, magíster (c) en Literatura y parte del equipo de coordinación académica del Instituto de Estudios Secundarios de la Universidad de Chile (Isuch)- entrega algunos datos clave para un efectivo análisis de los discursos a los que se exponen diariamente las personas, ya sea en los medios de comunicación o en las redes sociales.

De un tiempo a esta parte pareciera que se mira en menos la importancia del lenguaje, han cambiado las valoraciones que se tenían de las formas, surgiendo varias maneras de expresar los mensajes. ¿Cómo se manifiestan esos cambios hoy en la construcción de realidades, a través del o los discursos existentes?

– Con el desarrollo acelerado de las tecnologías y de las redes sociales, la manera en que las nuevas generaciones conciben el lenguaje se ha modificado desde lo escrito hacia códigos más visuales, lo que deriva en una forma de pensar la realidad que pasa más por lo que se ve y no tanto ya por lo que se dice.

A la larga, esto contribuye a la construcción de un mundo que se rige casi exclusivamente por imágenes, cuyos habitantes -en especial las generaciones más jóvenes- se encuentran más expuestos a una suerte de explosión visual que se constituye como un nuevo lenguaje, conformando un mundo caracterizado por lo instantáneo, la rapidez, la inmediatez y la brevedad.

Estas características aparecen, de manera principal, en las redes sociales y en los medios de comunicación. Sin embargo, hoy los principales agentes que actúan como una vía de construcción de mundos -a partir de la elaboración de ciertos discursos que pasan desapercibidos entre una aparente superficialidad- son las redes sociales: Instagram, Facebook o Snapchat, por nombrar algunas.

Lo curioso de este nuevo lenguaje visual es que construye un discurso que, según mi apreciación, se asemeja de manera escalofriante a lo que proponía la vanguardia italiana del futurismo, quienes en su mayoría luego se unieron al fascismo: hay coincidencia -por ejemplo- en considerar la tecnología por sobre todas las cosas; la velocidad, la violencia y el machismo; una oda a la vida rápida y acelerada en la que el hombre sólo puede -y debe- triunfar.

Si bien estas nuevas formas de lenguaje no predican explícitamente estas consignas, en el fondo de su funcionamiento y en la base de sus fundamentos parecen estar algunos de estos postulados, lo que no resulta inocente si consideramos el estado actual de la política mundial, con el llamado «nuevo auge del fascismo».

Por eso, me parece fundamental potenciar instancias en que se observe de manera crítica -sin demonizar- a estas plataformas, particularmente las redes sociales, reparando en los tipos de contradiscursos que se están levantando en ellas. Así, es posible observar claramente la manera en que se construyen realidades en la actualidad, especialmente en términos ideológicos y políticos, en distintos segmentos de la sociedad, sobre todo en la juventud.

Si bien el desarrollo de mensajes es algo natural en el ser humano y en las sociedades, se sabe que el lenguaje no es siempre transparente, que si bien señala conceptos, también distorsiona y oculta, ¿cómo se pueden enfrentar todos esos complejos elementos?

– Hoy lo más importante, a mi parecer, es situarse frente a los contenidos desde una postura abiertamente crítica. A pesar de que estamos siempre expuestos a mensajes distorsionados o dudosos -como las llamadas fakenews, por ejemplo- también somos cada vez más conscientes de que es necesario poner en cuestión las informaciones que se reciben.

Entre otras cosas, esto podría responder al escepticismo que parece caracterizar a las generaciones actuales, a la caída progresiva de las grandes instituciones de la sociedad occidental -como la iglesia, la democracia, los sistemas económicos tradicionales- o, sencillamente, al hecho de que estamos expuestos a tantos estímulos linguísticos de distinto tipo, que no podemos sino dudar de ellos.

Independiente de eso, creo que es fundamental considerar siempre que el lenguaje -primero- crea realidades y -segundo- funciona también como un arma que puede ser utilizada con distintos fines. Partiendo de esa base es posible comprender cómo es que puede caber tanto en el lenguaje. O cómo puede cargar tanto poder, si se compone sólo de «palabras».

Para explicar mejor esta idea siempre pienso en el verso del poeta chileno Vicente Huidobro: «El adjetivo cuando no da vida, mata”. Los mensajes, lo que aparece explícita e implícitamente en ellos, están cargados de significados y significantes, pueden tener millones de efectos sobre quienes los reciben y pueden pasar de «dar vida» o «matar» de un momento a otro.

Hasta cierto punto, serán los mismos receptores quienes decidan cuál será ese efecto. La manera en que se enfrenten a los mensajes y cómo los asimilen depende de sus propias visiones del mundo, experiencias, conocimientos y expectativas. Por ello, si bien es imposible mantener una postura neutra, sí se puede adoptar una perspectiva crítica a través de la que el espectador/receptor dude, sospeche y cuestione lo que está recibiendo.

Académica Valeska Solar: “Se sabe que existen las noticias falsas y, por eso, hay que cuestionar siempre la información que recibimos”.

Si la definición más común de discurso es algo así como “acción comunicativa cuya finalidad es exponer o transmitir algún tipo de información y, por lo general, convencer” ¿Existe un tipo de discurso o hay varios?

– Como el discurso –efectivamente- busca convencer al receptor, siempre tiene más de una manifestación. Depende de lo que se quiera transmitir. Esta diversidad de discursos responde tanto a las intenciones que tienen como a los receptores que existan para decodificarlos. De manera que, en cierto modo, podrían existir tantos discursos como receptores haya.

Ahora bien, a pesar de esta variedad, siempre ciertos contenidos se imponen sobre otros, casi siempre emitidos por las esferas de poder, que tienen mayores recursos -de todo tipo- para su difusión y masificación, afectando directamente la manera en que las personas se relacionan entre sí.

¿Y cómo conviven estos discursos?

– Por ejemplo, la elección que hacen los noticiarios chilenos de dedicarle gran parte de su tiempo a los “portonazos” entrega el mensaje de que existe una amenaza permanente a la propiedad privada y –con ello- construye un discurso de inseguridad en general.

Este tipo de contenidos, a su vez, coexiste con otros que aparecen en medios alternativos, sobre todo en redes sociales, que se posicionan desde una mirada abiertamente contra-hegemónica y muestran lo que la televisión y los medios llamados “oficiales” no.

Ambos ejemplos conforman maneras distintas de elaborar discursos sobre una misma realidad, pero el que se impone –en forma precisa- es el auspiciado y controlado por un grupo que concentra el poder.

¿Y con el desarrollo tecnológico actual, es posible diferenciar «verdad» o «manipulación» al exponerse a estos discursos?

– Los contenidos que inciden en la opinión pública han estado apuntando a esa diferencia en los últimos veinte años, otorgándole mayor relevancia a la “idea” de verdad más que a lo real en sí mismo. Se enfocan en sucesos o noticias que parecen ser reales en lugar de sucesos que lo son, manipulando –al final- el contenido entregado desde la “pretensión” de verdad.

Si bien la diferencia entre lo “verdadero” y lo “manipulado” puede ser identificada si nos acercamos con un ojo crítico, a simple vista, para la mayoría de la población, la línea es demasiado delgada y casi imperceptible. Aún más, en tiempos de posverdad, la verdad misma es la que se pone en cuestión, puesto que se enfatiza más procurar que algo “parezca cierto”, a que lo sea de manera verídica.

Por ello, es fundamental tener claro que –efectivamente- existe una posibilidad constante de que la información que recibimos de los medios masivos a través de las nuevas tecnologías esté fuertemente manipulada a conveniencia de quien esté detrás: empresarios, políticos u otros sectores de la élite.

Hay estudiosos del discurso, como el francés Michel Foucault, que plantean que la construcción de mensajes se controla, selecciona y redistribuye desde los grupos dominantes. ¿Comparte el juicio?

– Sí, me parece que los mensajes que predominan actualmente provienen desde los círculos dominantes de la sociedad, que buscan imponerse en la población a veces de forma explícita -como los discursos de consumo, por ejemplo- o de forma más oculta, como ocurre con la idea de que los chilenos son gente que siempre debe esforzarse el triple para lograr lo que quiere, idea que sólo perpetúa la desigualdad socioeconómica y la falta de responsabilidad del Estado ante necesidades básicas de la población.

Si nos ceñimos al caso específico de Chile, pensando en el contexto histórico que estamos viviendo, parece casi un ejemplo «de libro» en torno a cómo funciona la construcción de mensajes en los discursos hegemónicos: durante años, desde la dictadura, se ha impuesto la idea de consumo como el fin último de la sociedad chilena. Desde comprarse «la casa propia» -con muy poca o nula creación de viviendas sociales, especialmente en regiones- hasta la creciente popularización de las tarjetas de crédito. Con ello, los grupos dominantes han construido discursos que sitúan al consumo de bienes materiales como lo único que importa.

En esta construcción intervienen los medios masivos, como la televisión, sobre todo, cada vez más «basura», con promociones de productos y servicios que poco a poco asimilamos como indispensables en nuestra vida diaria; la publicidad, que año a año repleta el espacio de la vía pública con letreros gigantes, pantallas led brillantísimas, cegadoras, que no puedes ignorar aunque lo quieras, o paraderos con televisores que sólo transmiten publicidad; el intercambio que se produce en redes sociales entre los llamados ‘influencers’ y marcas de distintos productos, que pagan para que personas con muchísima influencia entre la juventud pose junto a determinados productos, sólo con la intención de hacerlo más deseable al público al que van dirigidos; e incluso la música -no necesariamente la chilena, sino la que se escucha aquí- que idealiza un estilo de vida marcado por el consumo excesivo de productos de lujo.

Otro mensaje hegemónico que se ha asentado en nuestra sociedad durante las últimas décadas es la idolatría a los objetos, el materialismo, por sobre las relaciones entre las personas. Si bien esto va de la mano con el discurso sobre el consumo, el materialismo exacerbado se relaciona también con el modelo económico chileno y con la facilidad que hay para acceder a este tipo bienes, que no siempre corresponden a las necesidades básicas de la población.

Basta ver la publicidad de casas comerciales y de bancos sobre créditos de consumo para notar esto: mientras muestran imágenes de familias felices o de gente joven disfrutando de sus vidas como si no ocurriera nada malo en ellas, por debajo están proponiendo como la mejor idea del siglo el poder pedir $200.000 en 24 cuotas y, en letra pequeñísima, informan que finalmente se terminará pagando el doble o más de lo que se pidió en un principio. Sin embargo, la idea está allí, a la vista: pedir esos $200.000 para comprar un televisor de último modelo porque «te hará feliz», como a los modelos, como a la gente que aparece en el comercial.

Lo interesante de estas dinámicas es que los canales de televisión que transmiten este tipo de comerciales pertenecen a los mismos grupos que están en el poder económico y político de Chile: Luksic, Heller, Piñera en su momento, entre otros, conforman de cierta manera la línea editorial de los canales, por lo que es insoslayable el hecho de que son estos mismos grupos dominantes los que están construyendo los mensajes que recibe la población día a día en sus hogares, por distintos medios.

¿Cuáles son, a su juicio, los principales elementos para un buen análisis de discurso?

– Hay dos niveles: uno externo, que corresponde a lo que rodea al discurso, y otro interno, que se refiere al contenido mismo. En lo primero, hay que considerar el contexto tanto físico como político y cultural en que se enmarca, quién emite el discurso y cuáles son los temas que se abordan. Esto es lo que, como receptores, notaríamos en una primera lectura, que no necesariamente tiene que ser crítica, sino que más bien identificatoria de los componentes básicos del mensaje.

Así, por ejemplo, analizar un discurso de Piñera no tiene el mismo resultado si tomamos uno que se enmarque en una cuenta pública del 2018 y otro que haya sido pronunciado en los últimos días de octubre de 2019.

Sólo una vez identificados estos elementos con claridad se puede ingresar al “contenido denso”, la fase dos. En este nivel aparecen aspectos más específicos: ideologías que están gravitando en el mensaje, es decir, valores, actitudes, visiones de mundo; recursos linguísticos que se utilizan; argumentaciones que van configurando las posturas de los emisores y las técnicas de persuasión, además de propuestas explícitas o implícitas que se desarrollan.

Es aquí, entonces, dónde se descubre, qué plantea exactamente el discurso…

– Claro, por eso es sumamente importante observar de manera minuciosa lo que se analiza. La mayoría de las veces cobra más relevancia lo que no se dice que aquello que está explícito o –incluso- la forma en que se está planteando algo.

En general, para desarrollar un análisis crítico y fundamentado del discurso, se hace casi una “disección” de su mensaje y contenido, de lo que lo rodea y lo que está en sus bases, haciendo luego una lectura crítica de cada parte identificada.

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