Cantante estadounidense Patti Smith: Una persona que ha sobrevivido a muchas cosas

Patti Smith hace rato que tiene lazos con Chile, especialmente centrados en su reconocida admiración por el escritor Roberto Bolaño y por el antipoeta Nicanor Parra. Quizás por ser siempre una chica provinciana que gustaba del rock y la poesía, encontró en esos botones de la lírica sudamericana la mirada original que ella siempre le ha impuesto a sus creaciones.

Ya sea a través de sus inquietas letras de canciones, de sus artículos de alto vuelo para la ya mítica revista “Rolling Stone”, de sus fotografías o de sus discos, Smith ha develado con la certeza de una profetisa los sinsabores de una sociedad que premia la mentira y le da manga ancha a los prejuicios y temores.

Varias décadas después de sus primeras incursiones periodístico-literarias, a casi 45 años de su primer disco (“Horses”, Arista Records, 1975) y a siete de su último disco de estudio (“Banga”, Columbia Records, 2012), Smith llega -por fin- a Chile.

Patti Smith y Robert Mapplethorpe.

Con su sinceridad viva, con esa raspada voz que cada vez se vuelve más inquisidora y con una banda que conoce cada inflexión de su líder, su visita al país la muestra a pleno en su claridad creativa. A sus 73 años mantiene el entusiasmo por el activismo social, por la fuerza del alma y por la idea de ser siempre fiel a sí mism@.

De hecho, cuando le preguntan qué ve al mirarse al espejo, ni siquiera lo duda para responder: “Una persona que ha sobrevivido a muchas cosas”.

Y no es para menos. Caída en el epicentro de la actividad cultural de los años 70, en una Nueva York ebullente y con nexo directo con Europa, Smith se pasea por lo que hoy ya es su hábitat natural: los márgenes y sus interticcios recónditos.

Luego de vivirlo todo, protagonizando la escena cultural en la ciudad de la manzana y en París, con una potente mezcla de rock, arte, psicodelia y performances (y sin ser adicta a las drogas, dato nada de menor para esos años), decide volver a mirar las cosas desde una orilla más tranquila.

Admirada por su creatividad, lleva consigo desde joven una potente y compleja relación con el crudo fotógrafo Robert Mapplethorpe. A los veinte años forman una pareja de trueno que lleva al límite su búsqueda vital.

Desde la Escuela de Arte del Pratt Institute ambos se potencian tanto uno al otro, que deben separar sus caminos. “Si te vas me haré gay”, le dice él, cuando terminan. Patti no le cree, pero realmente la amenaza se consuma. Maplethorpe muere de sida en 1989 en una historia de ambición, celos y amor que merece artículo aparte.

Patti Smith y Fred “Sonic” Smith.

Por eso es que -tras tantos avatares- en 1979 decide “retirarse” de la escena, para dedicarse a los “suyos”: su marido, otro genio creador, el músico Fred “Sonic” Smith, del grupo de culto “MC5”, y sus hijos. “Cuando se tiene hijos, uno ya no se puede dar el lujo de vivir en su pequeño mundo. Hoy, por ejemplo, siento que no tengo mi arrogancia juvenil, la que es muy necesaria para sobrellevar la adolescencia, y que a veces ayuda a crear grandes cosas, pero debo separar los planos. Como artista, podría sentirme al margen de la sociedad, como madre me gustaría volver al mundo mejor”.

Abandona su amplio departamento “manhattiano” y se muda a una casa más apartada del ruido, muy lejos, en Michigan. “En nuestra cultura, la gente quiere triunfar a toda costa, no se atreve a tomar distancias, aunque sea sólo por un tiempo, por temor a perder su lugar en la competencia. Lo importante, sin embargo, es que no hay que temer a comportarse según como una quiera y sienta”.

Se mantiene dieciséis años en ese tren, hasta que su marido fallece. Como un homenaje a él, decide regresar a las luminarias, dar a conocer lentamente cada uno de los cinco libros que escribe en ese tiempo y en 1996 vuelve a la música con el acertado álbum y título “Gone Again” (Arista Records), básicamente con la misma banda que sigue hasta ahora.

Y si bien la muerte ha estado presente siempre en su deambular (con la prematura partida de su amor juvenil, su esposo, su hermano y su padre), no ha querido darle una importancia demasiado capital al tema, salvo “la de sacar las lecciones que ello conlleva: vivir es un privilegio, no algo merecido”.

Dice que desde que vuelve a la música, no deja de desconfiar aún más del negocio, “de su terrible espíritu de competencia, de su vanidad, de su sed de reconocimiento arrolladora, de ninguna manera debemos perder nuestro espíritu de rebelión, debemos seguir siendo los renegados”, dice mirando sin disimulo a sus compañeros del rock.

“No vuelvo para la competencia. Sólo intento decir cosas que tal vez ayuden  a quienes perdieron a sus seres queridos, a quienes tienen miedo, a la gente joven que cree que la vida no vale la pena, pero no tengo ninguna lección, ningún consejo, sólo el de permanecer auténtico”, subraya.

Patti Smith entiende lo suyo como un acto de amor. “Muchos grupos me salvaron la vida, cuando escuché  a `The Doors´ y a Bob Dylan supe que la poesía podía ser rock. Busco retribuirle a otra gente lo que esos artistas me dieron. Aún me conmueve cuando me dicen ´tu disco me salvó la vida`. A mí también me ocurrió con otros”, confiesa con una voz tan suave, que hace inimaginable ese inquietante torrente que impone en su música y en su poesía.

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