Guerra de las Malvinas: El fracaso que marca el fin de la dictadura en Argentina

Durante los primeros días del mes de abril de 1982, las cosas no marchaban bien para la dictadura militar en la Argentina, encabezada en ese tiempo por el general Leopoldo Fortunato Galtieri. Los medios, que en su gran mayoría habían guardado silencio durante los seis años anteriores, daban informaciones que alertaban a una población cada vez más activa y menos adormecida.

El alza indiscriminada del dólar, los renovados pero sorprendentes reclamos de los empleados estatales, el adelantamiento de la sanción del estatuto de los partidos políticos (proscritos desde el fatídico 24 de marzo de 1976, cuando comenzó lo que aquí se conoce como El Proceso, que son los gobiernos militares), y, sobre todo, con el fin de la denominada “plata dulce”, una bonanza económica ficticia para la clase media, llevaron por primera vez a la inestabilidad del poder de facto.

Desde mediados de marzo del 82, la población volvió a tener participación en actos públicos. Los jueves se reunían las madres de Plaza de Mayo en derredor de la pirámide de la misma plaza desde abril de 1977, pero el 18 de marzo de ese año no sólo las madres se dieron cita allí, sino que más de 2.000 personas reclamaron por los desaparecidos.

La fallida «recuperación»

En ese contexto, el lunes 22 de marzo se produjo una simbólica ocupación de las islas Georgias (o Malvinas) por parte de un grupo de argentinos que izó una bandera patria y cantó el himno, lo que indujo a una protesta británica por dicho acto. Hacia fines de esa semana, el buque de bandera argentina “Bahía Paraíso” y el “Endurance”, de Gran Bretaña, se hallaban en aguas próximas a las islas, lo que generaba un alto grado de tensión y creciente preocupación.

Pero el hecho fundamental a nivel interno en Argentina fue la convocatoria de la Confederación General del Trabajo (CGT), a través de su secretario general, Saúl Ubaldini, a la primera concentración obrera en contra de la dictadura para el martes 30 de marzo. La advertencia desde la cúpula militar fue clara: era una acción prohibida por la vigencia del Estado de Sitio.

Así y todo, se llevó a cabo con una enorme adhesión en todo el país, pero en la Plaza de Mayo se frustró por una violenta represión que dejó un saldo de 2.000 detenidos, numerosos heridos y una crisis gubernamental incalculable.

Quizás ese primer síntoma de repudio elocuente hacia los uniformados fue la gota que rebasó el vaso de Galtieri y los militares en el poder, por lo que decidieron dar un golpe de efecto sobre la ciudadanía argentina con la «recuperación» de las Islas Malvinas, el 2 de abril de ese año.

Así, esa misma plaza que había albergado el enojo y el descontento tan sólo tres días atrás, se convirtió en el centro del júbilo de un pueblo que salió a las calles a festejar que las islas del sur “volvían a ser argentinas”.

Los diarios titularon “Argentinazo en Malvinas” (“Crónica”), “Hoy es un día glorioso para la Patria” (“La Razón”) o “Euforia popular por la recuperación de las Malvinas” (“Clarín”), este último adornado con una foto donde se aprecia la vehemencia de Galtieri, desde los históricos balcones de la Casa de Gobierno, sobre una muchedumbre que inundó con fervor nacional la Plaza de Mayo.

“Estamos ganando”

Los siguientes 74 días serán difíciles de olvidar. Un rebrote popular contagió todos los rincones. Fueron tiempos de publicidades nacionalistas, de prohibiciones a la música en inglés, de medios parcializados hasta lo imposible y de declaraciones desbocadas.

Lo rescatable fue la vuelta de la música en nuestro idioma a las radios. Algún militar trasnochado pensó que la mejor manera de unir a los argentinos fue evitar por decreto la música en inglés. Muchos cantantes cuentan que las mismas estaciones les pedían discos, ya que no existían copias en las emisoras.

Todo ello trajo aparejado que los jóvenes conociesen o se reencontrasen con Lito Nebbia, Serú Girán, Luis Alberto Spinetta, Víctor Heredia, Mercedes Sosa y muchos más que lograban una difusión inédita. Y con ello una recuperación paulatina de la identidad y la memoria.

Tanto las radios como los canales de televisión se adherían a la gesta, levantando sus programaciones para dar paso a los Comunicados del Estado Mayor Conjunto del Ejército, donde el gobierno (des) informaba sobre las actividades en el archipiélago sur.

Una típica marcha militar irrumpía en el aire y la imagen de una antorcha sostenida por dos manos como único fondo, acompañaba las palabras del locutor, quien con voz firme, ponía “al tanto” a todo el país de lo que el poder quería que se sabiese.

El noticiero que el canal oficial emitía a las 21 horas, se había convertido en el programa más visto. El hecho de tener al único enviado de la televisión en las islas (Nicolás Kazansew), no era tan valorado como las arengas triunfalistas y las frases vacías que propalaba cada noche el periodista José Gómez Fuentes, verdadero vocero del gobierno, quien fue inmortalizado por dos palabras que le costaron la carrera y que reflejaron el espejismo en el que estaba inmersa la sociedad argentina: “Estamos ganando”.

El olvido de los ex-combatientes

La guerra se desarrolló como todas, con altas y bajas de ambos lados, pero con una diferencia clave a favor de Inglaterra: tenía soldados preparados, mientras que enfrente sólo había un puñado de jóvenes de 18 y 19 años que dejaron todo por un objetivo imposible de lograr, sin ningún entrenamiento.

Los medios seguían hablando de las caídas de los británicos y ocultando lo que todo el resto del planeta conocía: la inminente derrota argentina. El 11 de junio, arribó por primera vez al país el Papa Juan Pablo II, quien advirtió que la guerra estaba llegando a su fin.

Este hecho efectivamente se concretó el martes 15, con el cese del fuego primero, el acuerdo de las condiciones y luego la rendición de las tropas argentinas en las islas. Nadie quiso creer esta noticia y -por ello- en la noche del día siguiente, con la confirmación, se produjeron graves disturbios populares.

La cuenta regresiva para el retorno a la democracia había llegado y se acentuó el jueves 17 con la caída del dictador Galtieri, el gran responsable dentro de los irresponsables. Reynaldo Bignone quedó a cargo del Ejecutivo, como último presidente de facto (antes habían estado Videla y Viola), finalizando la veda política el 1 de agosto de 1982 y llamando a elecciones para el 30 de octubre de 1983, donde se impuso el radical Raúl Alfonsín sobre el peronista Italo Lúder.

A pesar de la experiencia dolorosa y vergonzosa que debieron pasar, los ex combatientes han sido totalmente ignorados no sólo por los militares que los mandaron al campo de batalla, sino que por los gobiernos democráticos posteriores.

No es raro observar, con mucho dolor, como ellos han sobrevivido pidiendo dinero en los subtes, colectivos o en las paradas de los semáforos. A 35 años de la guerra.

(Enviado desde Buenos Aires, Argentina)

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