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La verdadera historia del Winnipeg en Chile PDF Imprimir E-Mail

El mejor poema de Neruda

Más de medio millón de personas debieron partir de su tierra en una diáspora triste y dolorosa, pero que –a pesar de ello- muchos pudieron forjarse un futuro mejor en los lugares donde los llevó el destino. Chile fue uno de ellos. CyT cuenta la historia de cómo Pablo Neruda, en su calidad de diplomático, fue encomendado por el presidente Pedro Aguirre Cerda con una orden perentoria: “Tráigame millares de españoles”.

 “Chile dista mucho de ser un paraíso. Nuestra tierra sólo entrega su esfuerzo a quien la trabaja duramente. Republicanos, nuestro país os recibe con cordial acogida. Vuestro heroismo y vuestra tragedia han conmovido a nuestro pueblo”.

Con esas emotivas palabras, surgidas de la prosa poética de Pablo Neruda, se coronaba un hermoso cuadernillo de 24 páginas que los 2.050 españoles, embarcados en el Winnipeg el 4 de agosto de 1939, recibieron como información sobre el país al que viajaban. Para la gran mayoría, fue lo primero que supieron de Chile.

Quienes pudieron finalmente formar parte de este grupo de privilegiados que escapaban de la guerra civil española, de los campos de concentración y del horror que se olfateaba por Europa con Hitler y Mussolinni, atesoraron el folleto (ilustrado por uno de los artistas gráficos españoles más destacados de la época, pasajero también del barco, Mauricio Amster, de quien esgte año se celebra el centenario de su natalicio), como un verdadero Rosario en sus manos. Para muchos fue como un pedazo de esa alma que se les quedaba en su tierra natal, junto a la sangre de miles de caídos.

Cuando el Presidente Pedro Aguirre Cerda se contactó con el poeta y diplomático Pablo Neruda y le comunicó su interés de traer españoles refugiados a Chile, el premio Nobel no lo creyó de inmediato. “Tráigame millares de españoles”, fue la orden perentoria. El vate, ya convencido, comenzaba así lo que para el mismo sería, según escribió en sus memorias, “la más noble misión que he ejercido en mi vida”.

“DE CHILE LO ÚNICO QUE CONOCÍA ERA EL SALITRE” 

A pesar de eso, en ningún caso fue fácil. Neruda debió sortear el ambiente hostil de los franceses con los españoles; de los propios refugiados entre sí, que buscaban argumentar todo con cuoteos políticos; y con los funcionarios chilenos en la embajada en París, pues estaban allí desde el gobierno de Alessandri y no compartían la idea llevar más “rojos” a Chile. “Me instalaron en un despacho cerca de la cocina, en un cuarto piso, me hostilizaron de todas las formas hasta negarme el papel de escribir y como los españoles se abrían paso contra viento y marea, idearon algo diabólico: suspendieron el ascensor.

Muchos de los refugiados eran heridos de guerra y me desgarraba el corazón verlos subir penosamente”, anota Neruda en sus memorias “Confieso que he vivido”.  Desde la llegada del poeta a la capital francesa, en abril de 1939, la noticia corrió de voz en voz: “Chile, un país de Sudamérica, ofrece la posibilidad de irse para allá”.

El país les sonaba extravagante y muchos preferían embarcarse a México, que si bien no tuvo una política oficial de recepción de personas, sirvió también como destino de millares de refugiados tras la Guerra Civil Española. El conflicto se había iniciado tres años antes, con el levantamiento del Ejército contra el gobierno republicano, que era apoyado por socialistas, comunistas y anarquistas.   Los uniformados, al mando de su generalísimo Francisco Franco, encarnó los valores de una España fuertemente autoritaria y autárquica, contando con el apoyo de las fuerzas de Hitler y Mussolinni.

Para muchos historiadores, la cruenta batalla española fue un ensayo de la Segunda Guerra, que estalló sólo meses después de terminado el conflicto ibérico.  Más de 500 mil españoles lograron cruzar la frontera y comenzar una amarga aventura de destierros. Muchos se fueron a Francia, que resultó una escapatoria a medias, pues el gobierno vivía una fuerte presión de los sectores cercanos al franquismo y organizaron campos de concentración para estos republicanos que constituían en verdadero peligro por su carácter revolucionario.

Allí se centró la ayuda del Sere (Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles) a los cuales se unió la labor de Neruda, como Cónsul especial. “De Chile lo único que conocía era el salitre”, recuerda más de seis décadas después, Adina de Amster, esposa del diseñador Mauricio Amster, fallecido en nuestro país en 1980. 

“Creo ser uno de los pocos que realmente conocía hacia dónde íbamos; meses antes, yo había escrito unos artículos sobre Chile centrados en la democracia existente en el país, en la figura del Presidente Aguirre Cerda y sobre el desarrollo del Frente Popular”, recordó antes de su muerte el historiador Leopoldo Castedo.   “Mi formación en historia y geografía, me dio antecedentes sobre el país; además, en el frente, conocí a tres chilenos que pelearon junto a nosotros: el Mayor Solar  y los Capitanes Cancino y Manuel Cerda”, comenta el dramaturgo y filósofo José Ricardo Morales. “Cuando escuchamos lo del Winnipeg, nuestros padres nos mostraban mapas para conocer de Chile”, rememora el pintor José Balmes.

En general, ninguno de los 2.050 españoles conocía algo más del país. Lo único que añoraban era poder embarcarse en ese viaje.

El Sere y Neruda, con criterios diversos, confeccionaron una lista de beneficiados que debió reunirse en el puerto fluvial de Pavillac, en la costa francesa de Burdeos. El Sere aplicó más bien una lógica de méritos políticos y Neruda una mirada más intuitiva.  “Se presentó ante mí un castellano, hombre maduro, de arrugas profundísimas en su rostro quemado, con su mujer y sus siete hijos.

Tras ver sus papeles le pregunté sorprendido
-¿Usted es trabajador del corcho?
-Sí, señor... me contestó severamente.
-En Chile no hay tarea para usted, ¿qué haremos?
-Pues la habrá, me respondió seguro.
-Suba, le dije. Usted es de los que necesitamos.
Años más tarde el tiempo le dio la razón a ese inquebrantable campesino”, cuenta el poeta en “Para nacer he nacido”.

La tarde del 4 de agosto era asoleada en Burdeos. Neruda y su esposa Delia del Carril lucían un inmaculado traje blanco, lo que para muchos potenciaba el momento como una escena divina. En tren o en camiones, los refugiados se reunían en el sector, padres e hijos, esposos y esposas, se volvían a encontrar ahí después de años.

Las escenas emotivas se repetían por doquier. Los funcionarios franceses cumplían las labores de inscripción. Cuando finalmente el Winnipeg levó anclas, las esperanzas eran el verdadero combustible del barco.  El Winnipeg era un carguero con varios años a cuestas, “un hermoso barco viejo, con esa dignidad que dan los siete mares a lo largo del tiempo”, lo describía Neruda.

El nombre fue una jugada poética del premio Nobel. Fue un sonido fonético que le atrajo y consideró adecuado para bautizar la embarcación. “Las palabras tienen alas o no las tienen. Las ásperas quedan pegadas al papel, a la mesa, a la tierra. La palabra Winnipeg es alada”, escribió el vate.  “En rigor se trataba de un campo de concentración flotante, obviamente, con un trato humano. Fue vaciado de cajas y llenado con más de 3.000 literas”, cuenta Morales. ”De lejos parecían nichos”, comenta Balmes.

Todo era regulado, existían turnos permanentes para desayunar, almorzar, tomar onces y cenar. También para la limpieza. El mes que duró el viaje fue una terapia perfecta.  “El sentimiento con que se venía depende mucho de la edad. Nuestros padres venían con la idea de consolidar sus carreras o trabajos y los más jóvenes veníamos a descubrir, a colaborar, a aprender”, destaca Morales.

Abordo del vapor se organizaron charlas, coros y partidas de ajedrez entre los mayores. Los más niños recibían cuidados, se les organizaban juegos o se les enseñaban materias escolares. En el viaje falleció una persona mayor de edad y nació una mujer, la que fue bautizada Agnes América Winnipeg. En cada puerto que pararon para cargar combustible, el recibimiento no fue cálido.  

En Panamá supieron que los diarios decían que el barco iba lleno de gente pestilente y que en Chile “están desesperados con las bandas de delincuentes que iban a llegar”. Un médico panameño subió al barco a revisar a la gente. Su comentario fue clarísimo: “A éstos no los mata nadie”. Las detenciones que hizo el vapor fueron en las islas Azores (Portugal), Guadalupe (Francia), Panamá, Arica y Valparaíso.

LA VIDA ES LO MÁXIMO QUE SE PUEDE DEBER

La llegada al puerto de la Quinta Región fue apoteósica ese domingo 3 de septiembre de 1939. Mauricio Amster y otros destacados artistas dibujaron durante el trayecto  un enorme retrato del Presidente Aguirre Cerda, el que fue ubicado de frente, de tal forma que se veía fácilmente desde una larga distancia. Los chilenos recibieron a estos millares de “pestilentes” con vítores, pañuelos blancos y canciones.

En Valparaíso se les entregó ropa y se les vacunó.   Muchos eran esperados por amigos, compañeros de armas o de máquinas de escribir, los que invitaban a sus camaradas a conocer las “picadas” del puerto. En la tarde se les condujo en tren a Santiago y ahí sí que los viajeros no creían lo que veían. “La gente nos tiraba flores, nos cantaban, nos saludaban”, recuerda Adina. “Yo tenía 12 años y aún fresca estaba en mi mirada  esa imagen de la nieve hasta las rodillas para cruzar los Pirineos desde España a Francia; aquí era todo distinto. La gente nos quiso de inmediato”, cuenta José Balmes.  

Llegada a Chile - Diaro La TerceraLa mayoría obtuvo trabajo rápidamente. Mauricio Amster entró como diseñador a Zig Zag, su esposa lo hizo como secretaria, Castedo en la Biblioteca Nacional, Morales en la Universidad de Chile y Balmes, con 12 años, fue aceptado como alumno libre en la Escuela de Artes, tras mostrar dibujos que deslumbraron a profesores y pintores. Los padres también se ubicaron rápidamente e, incluso, las disputas políticas sufrieron un pequeño repliegue: muchos españoles que se reconocían franquistas, invitaban a estos “rojillos” -como eran conocidos- para homenajearlos. “En rigor, nunca nos cerraron una puerta”, dice Adina.

A 70 años del viaje, para quienes vivieron la experiencia se trata de la historia de un milagro.  “A Chile le debemos la vida, que es lo máximo que se puede deber”, subraya Morales. “Ser parte del corazón artístico del país fue una maravilla; entré a la escuela de Artes de la Universidad de Chile en septiembre de 1939 como estudiante libre y salí en 1973 como decano”, cuenta Balmes.  “Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece. Pero este poema del Winnipeg no podrá borrarlo nadie”, escribió finalmente en sus memorias Pablo Neruda. Y lo mejor, es que -en el fondo- se trató de un poema colectivo.

 
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