“Pérdida de defensas inmunológicas por un virus no identificado”. Eso habría dicho el parte de muerte del gran escritor argentino Julio Cortázar en el hospital parisino Saint- Lazare el 12 febrero de 1984. Al menos así lo señala la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi en una biografía que hizo del autor, publicada el año 2000 bajo la colección “Vidas literarias” de la editorial española Omega.
“Julio murió de sida. Entonces la enfermedad no estaba diagnosticada, los conocimientos eran mínimos. Sus síntomas finales, incluido el problema del sarcoma de caposis, las diarreas, son características de esta enfermedad”, explica la reconocida literata a la prensa internacional al momento de publicar su texto.
La información, que -por cierto- causa gran impacto en la comunidad literaria, es explicada por Peri Rosi porque a mediados de los 80 el sistema público francés no contaba con revisiones en sus bancos de sangre. Y Cortázar en 1983 recurre a una transfusión sanguínea debido a una hemorragia estomacal.
Ese es el momento en el que se habría contagiado del mortal virus. El autor de “El Perseguidor”, que en algún momento de intensa ironía se declara inmortal, había sido alcanzado. Al menos, en el plano terrenal del concepto.
Una razón comprobable y la otra probable
La confidencia de quien también fuera musa y amante del escritor abre en su momento una puerta demasiado amplia y teje en torno a la muerte del cronopio mayor un manto de duda casi impúdico. Surgen -por ejemplo-versiones de que Carol Dunlop, la última pareja de Cortázar muerta un año antes que él, le habría transmitido el virus. E, incluso, las teorías de homosexualidad del literato tampoco tardan en llegar.
Sin embargo, el académico español Miguel Herráez intenta volver a cerrar las ventanas el año 2001 con su libro “Julio Cortázar: El otro lado de las cosas”. Indaga en fuentes de primera mano y con la autorización de Aurora Bernárdez, primera esposa y albacea del escritor trasandino, concluyendo que Cortázar muere de dos enfermedades, una comprobable y la otra probable.
La primera es leucemia y la segunda es pena de amor, tras la pérdida de Dunlop, con quien realiza un lúdico y enamoradizo libro a cuatro manos: “Los autonautas de la cosmopista”, publicado un año antes de su muerte.
“Los datos de Peri Rossi son puramente especulativos. Bernárdez dice que a Cortázar le diagnostican una leucemia mieloide crónica, que está ampliamente documentada. Lo cierto es que no he querido caer en sensacionalismos”, explicó Herráez a la prensa cuando presenta su investigación.
Sin embargo, Peri Rossi enfatiza al poco tiempo en Página 12: “Quienes dicen que murió de leucemia nunca conversaron con el hematólogo François Timal, quien me enseñó las pruebas clínicas que negaban el cáncer y diagnosticaban un virus desconocido, que producía pérdida de defensas inmunológicas. Hay muchos tontos que se han preguntado si Cortázar fue homosexual. Esta asociación de homosexualidad y sida es un prejuicio que debería estar desterrado”.
“Queremos tanto a Julio”
“Cuando vuelva de este viaje, calculo que para febrero, me tomaré un año sabático”, le dijo Cortázar a un amigo español, antes de hacer el que sería su último viaje a Argentina a fines de 1983. Como siempre, haciendo gala de una de las principales características del escritor, fue un hombre de palabra. Cuando volvió a París en febrero 1984, a los pocos días se tomó su “año sabático”.
Y es que Cortázar resulta ser un hombre incansable. Su vida está casi constantemente consagrada a la literatura y a las causas sociales. “Donde otros han ariscado desdeñosos la nariz ante los conflictos, Cortázar los abrazó con íntima hermandad”, recuerda Antonio Skármeta.
El escritor argentino fue de los que nunca se negó a una declaración de solidaridad, a un discurso, a una presencia en un acto público, a una entrevista “en favor de”. Por eso, con su enfermedad ya molestando demasiado, había tomado la decisión de un año de descanso.
“Este hombre nos hizo transitar de la admiración al más entrañable cariño por su trabajo de solidaridad con la tormentosa historia de los pueblos latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XX”, subraya Skármeta en el emotivo libro “Queremos tanto a Julio”, publicado en 1979 en Nicaragua.
La publicación recoge el especial cariño que veintún escritores latinoamericanos (Rulfo, Benedetti, Galeano, Gelman, entre otros), le profesan a Cortázar.
Defectos en el avance de un proceso
Luego de recorrer varios países de la región como Cuba, Chile y -especialmente Nicaragua- (declarándose el defensor del proceso sandinista y ofrendando en 1983 un crudo y poderoso libro llamado “Nicaragua, tan violentamente dulce”), Cortázar volvió a Buenos Aires a fines de 1983, cuando el país trasandino recuperaba su democracia.
Sabido es que Cortázar -quien nació por casualidad en Bruselas en 1914- decidió abandonar su país a comienzos de los años 50, poco antes de que el peronismo se entronizara en el poder y diera rienda suelta a sus constantes movimientos de camaleónica adaptación. Si bien nunca se arrepintió de esa decisión, en una entrevista para la televisión española declaró lamentar no haber luchado más contra el movimiento que él consideraba “inexorablemente autoritario”.
Sin embargo, su regreso en 1983 fue distinto. “Empecé a salir a la calle, a hablar con la gente y fue todo en una atmósfera de gran distención. Todo el mundo repite lo mismo: en Argentina ahora se vive otro aire, es como haber salido de años de desconfianza”, sostiene en una entrevista.
Para él resulta muy legítimo pensar que luego de los años del peronismo y del “proceso” militar, otro horizonte se levantaba para Argentina. “Pero no hay que olvidarse de criticar. Siempre la crítica constructiva, la que se hace desde adentro, es necesaria. Uno puede defender un gobierno, una idea de democracia, pero naturalmente se van a encontrar defectos en el avance de un proceso”, subraya con una claridad que se echa de menos hoy en día.
Cortázar y Chile
De las dos veces que estuvo en Chile, una de ellas tiene carácter de mítica. La que hace para la asunción a la presidencia de Salvador Allende en 1970. “Enfrentó una verdadera maratón de entrevistas y discusiones con estudiantes, en donde irradió acaso su más notable cualidad: la frescura de un descubridor, un explorador de la palabra y los sentimientos, un tipo cabalmente inaugural, un hombre que no se deja trabar por su amplia y variada cultura y fama para ejercer el magisterio de la sencillez y la espontaneidad”, recuerda Antonio Skármeta.
Son días de gran agitación social, la Unidad Popular genera expectativas de cambio y la juventud universitaria exuda revolución y cambios. El propio Skármeta describe el inquieto recorrido de Cortázar en esas horas de ansiedad para la revista Ercilla. En su edición número 1847, del 15 de diciembre de 1970, Cortázar aparecía en portada en una muy setentera imagen en blanco y negro tomada por el destacado periodista y fotógrafo Hans Erhmann.
“Un poco todos quisieron acumular la presencia de Julio Cortázar en Chile”, comienza su estupendo reportaje el escritor chileno. En cinco páginas y media, Skármeta -quien realiza su tesis universitaria sobre “Rayuela”- resume con frescura y profundidad el inolvidable periplo de quien a esa fecha era una enorme figura literaria mundial.
Una de esas paradas fue en el Departamento de Español del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile (hoy Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación). En medio de variados debates, Cortázar se refirió a la literatura y al compromiso social, al exilio, a su relación con Jorge Luis Borges y José María Arguedas, a los desafíos de América Latina y a las tareas de la educación literaria como escuela de libertad, entre muchos otros temas.
Un capítulo desconocido en su relación con Chile lo narra Poli Délano en “Queremos tanto a Julio”. Se trata de la solicitud que el narrador chileno le pidió a Cortázar para que intercediera ante las autoridades políticas post golpe militar por la suerte de dos dirigentes de la Sech desaparecidos.
Cortázar llamó desde México, en donde presidía una especie de Comisión Rettig que investigaba la suerte de detenidos durante los primeros años de Pinochet.
El 12 de junio de 1976 habla con el ministro del Interior de Chile. La respuesta del secretario de Estado fue la oficial: no tenían información. Cortázar considera «increíble» que no pudiera darle una solución. El ministro le asegura que se «está investigando» lo ocurrido con los escritores y otros casos similares, así es que “por favor” el escritor llamara cuando quisiese nuevamente. Claramente, no fue necesario.